La voz de la inocencia que renueva la Navidad

El árbol de Navidad, adornado con luces y figuras tradicionales, se convierte en el centro del hogar y simboliza la unión, la alegría y la esperanza que caracterizan esta temporada decembrina. Foto Derechos Reservados EL INFORMADOR

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*Esta costumbre transmitida de generación en generación conserva un valor espiritual y emocional que permanece intacto a pesar de los cambios que trae el tiempo.
En Santa Marta varios niños se sentaron frente a sus pesebres, rodeados de luces parpadeantes para responder a una pregunta que revela mucho más que simples deseos: ¿qué le pides al Niño Dios en el día de su nacimiento? Sus respuestas, cargadas de ternura y sinceridad, permiten asomarse al mundo infantil, donde los sueños siguen siendo grandes y las esperanzas nunca se agotan.

 Gratitud que nace del corazón

El primer mensaje proviene de un niño que, antes de mencionar cualquier juguete, quiso dedicar unas palabras de agradecimiento. En su carta, escrita con trazos cuidadosos, se puede leer:

“Querido Niño Dios, quiero darte las gracias por todo lo que me diste este año, por todos los alimentos. Y como me he portado bien, quiero que me regales un carrito de control remoto para mí y para mi hermanito. Gracias, te quiero mucho”.

En esas líneas sencillas habitan valores que la Navidad rescata con especial fuerza como la gratitud, la humildad y el deseo de compartir. El niño reconoce que lo más valioso no está en los regalos, sino en lo que ha recibido a lo largo del año, la comida, el bienestar familiar y la posibilidad de compartir con su hermano. Pedir un regalo para él y otro para su hermanito reafirma la esencia comunitaria que caracteriza las celebraciones decembrinas en muchos hogares colombianos.

La segunda carta proviene de un niño que ha vivido un año lleno de aprendizajes y esfuerzos. Su mensaje refleja no solo ilusión, sino también orgullo por un logro que en su mundo significa muchísimo haber ganado el año escolar.

“Niño Dios, gracias por todo, por la salud de mi familia y amigos. Gracias por haberme permitido ganar mi año escolar y que mis papitos estén felices por eso. Quiero pedirte para este año que me regales unos guayos y el uniforme nuevo del Barcelona. Gracias, papito Dios, te amo”.

En esta carta, la alegría de un logro académico se convierte en el motor de un deseo que trasciende lo material, unos guayos y el uniforme del Barcelona representan un sueño deportivo, la fantasía de convertirse algún día en ese jugador que imagina mientras corre detrás del balón en las canchas. Él sabe que ese regalo no es solamente un juguete, sino una puerta abierta hacia un sueño que se fortalece con cada diciembre.

En la tercera carta notamos el deseo de jugar y sentirse protegido, quizás la más breve de las tres es también una de las más conmovedoras. Allí, un niño pide al Niño Dios cosas sencillas, pero cargadas de simbolismo.

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“Le pido al Niño Dios una bicicleta y un carro a control remoto y que me cuide”.


Cartas escritas con ilusión reposan junto al pesebre, donde los niños expresan sus deseos y agradecimientos al Niño Dios. Foto Generada por Ia IA.
Cartas escritas con ilusión reposan junto al pesebre, donde los niños expresan sus deseos y agradecimientos al Niño Dios. Foto Generada por Ia IA.


Su mensaje entrelaza el anhelo por los juguetes con la emoción que despierta una bicicleta y un carro a control remoto, pero también con una súplica que nace desde lo más profundo: “que me cuide”. En un contexto donde los niños perciben más de lo que los adultos suelen advertir, esta expresión evidencia la necesidad de sentirse protegidos, amados y acompañados. Para él, el Niño Dios no representa únicamente la ilusión de un regalo, sino una figura de amparo y confianza en la que deposita su fe.

 El pesebre como escenario de esperanza

En muchos hogares samarios, la tradición del pesebre sigue viva. En torno a él los niños escriben sus cartas, se congregan las familias para orar y se cuentan historias que, escuchadas desde la infancia, se vuelven parte del imaginario cultural. Allí, frente a la figura del Niño Dios recostado en su cuna de paja, los pequeños encuentran el espacio perfecto para la reflexión, la ilusión y la fe.

Las cartas recopiladas este año revelan que pese al paso del tiempo, la tradición sigue siendo un canal donde los niños expresan no solo lo que quieren recibir, sino también aquello que valoran, la salud, la comida, la familia, la unión, la alegría y los sueños. En medio de un contexto social donde la tecnología parece absorberlo todo, sus palabras demuestran que aún hay espacio para la ternura y la conexión espiritual.

 Una tradición que sigue enseñando

La costumbre de escribir cartas al Niño Dios no solo alimenta la ilusión de los más pequeños, sino que también enseña a los adultos. A través de sus palabras, estos niños recuerdan que la Navidad es un tiempo para agradecer, renovar la fe y celebrar en familia. Sus mensajes, sinceros y profundamente humanos, revelan que los niños siguen creyendo en la magia, en la bondad y en la posibilidad de un futuro mejor.

Y mientras el pesebre permanece iluminado, las cartas, cuidadosamente dobladas, esperan bajo el árbol la llegada de la Nochebuena. Ahí reposan como pequeños tesoros, como testigos silenciosos de la inocencia, la esperanza y la alegría que renueva la Navidad año tras año.

 

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