Redactado por : Mauris Gonzalez
Jefe de redaccion
El sacerdote le contó a EL INFORMADOR, qué ha sido de su vida en los últimos 23 años, luego de la muerte de 119 personas en el enfrentamiento entre un grupo de las Farc y otro paramilitar. Tuvo que salir del país por amenazas de muerte, y estudió periodismo en Roma, Italia. Estuvo en Santa Marta lanzando la segunda edición de su libro ‘Bojayá: Relato del sacerdote que sobrevivió a la masacre’; acompañando a grupos parroquiales y ofreciendo conferencias de paz y reconciliación.
Pese a que han pasado 23 años, 6 meses y 10 días, desde aquel 2 de mayo de 2002, cuando un enfrentamiento entre paramilitares y la guerrilla de las Farc acabó con la esperanza, la tranquilidad y el sueño de 119 personas, entre ellas más de 50 menores de edad, miles de familias desplazadas, y por lo menos medio centenar de heridos, de más de 800 que llegaron para refugiarse en la iglesia de San Pablo Apóstol del municipio de Bojayá, departamento del Chocó, los recuerdos siguen intactos en la memoria de quienes vivieron este trágico capítulo que marcó para siempre la historia reciente de Colombia.Uno de ellos es el padre Antún Ramos Cuesta, el entonces párroco de esa iglesia de la población, quien evidenció de cerca por dos largos días esa amarga experiencia, de la que mantiene vivas las heridas que nunca cicatrizarán y que llevará en sus recuerdos por siempre.

“Para mí es muy triste recordar lo ocurrido ese 2 de mayo. Allí hicimos todos los esfuerzos que se pudieron para evitar que en ese enfrentamiento no se viera afectada la población civil, pero desafortunadamente se desataron los ataques por parte de los dos grupos armados que dejaron el resultado que se conoce”, relató en medio de la nostalgia el párroco en el inicio de una entrevista concedida al periódico EL INFORMADOR, en su paso por Santa Marta en donde estuvo varios días lanzando la segunda edición de su libro ‘Bojayá: Relato del sacerdote que sobrevivió a la masacre’, acompañando a grupos parroquiales y ofreciendo conferencias de paz y reconciliación.
Padre Antún como es conocido, tuvo tiempo para hablar de la tragedia, de su vida privada y de cómo ha asimilado las secuelas físicas y sicológicas que le dejó el episodio que también lo marcó.
EL INFORMADOR. ¿Qué ha sido de la vida del padre Antún estos últimos 23 años?
Padre Antún Ramos. “Yo sigo en mis quehaceres, como sacerdote, con las complicaciones, con los aciertos, los desaciertos, y por supuesto, con las alegrías. En un tiempo tuve que salir del país por algún tipo de amenazas; estudié periodismo en Roma y volví a la parroquia. Actualmente soy director de comunicación de la Diócesis de Quibdó capital del Chocó. Presto mi servicio en una parroquia haciendo lo que se pueda poco a poco y ahora a partir de la aparición del libro en el que me demoré 23 años para escribirlo, ando difundiéndolo”.

E.I: ¿Qué ha cambiado en Bojayá desde ese 2 de mayo de 2003?
P.A.R. “Bojayá fue cambiado de sitio de donde estaba cuando ocurren los hechos. El pueblo se inundaba cuando llovía. Fue trasladado a una parte más alta. Ahora las casas tienen unas condiciones mejores y hay un centro de salud bien dotado; pero al final, las secuelas de la guerra siguen ahí latentes, la gente sigue con su dolorosa angustia porque los que se van hacen falta y esta tragedia siempre lo he dicho y lo digo en el libro, se pudo haber evitado porque nosotros mandamos 10 alertas tempranas al gobierno nacional para que actuara en la inmediatez de la información que se dio, pero poco o nada se hizo; de hecho, el Ejército llegó después del cuarto día cuando ya no había nada que hacer”.
E.I: Es duro recordar este episodio que usted vivió, pero es bueno saberlo de su viva voz. ¿Qué nos puede relatar de cómo se inició esa grave situación?
P.A.R. “Bueno había una realidad. Bojayá está ubicado cerca del Golfo de Urabá y para nadie es un secreto que por ahí sacan drogas, entran armas, es decir, tráfico ilegal, y quien tenga ese control pues tiene una ventaja militar y económica y comparativa contra el otro actor; inicialmente estaban los paramilitares desde 1996 al 2000. Después llegaron las Farc en el 2000 a sacar a los paramilitares y mataron 22 policías en Vigila del Fuerte que está al frente de Bojayá. Después de entran los paramilitares el 20 de abril a sacar a la guerrilla. En esos 10 día hacen creer ellos que son los que se van a quedar con el orden, y ya el 1 de mayo comenzaron unos combates entre los dos grupos y la gente empezó a meterse a la iglesia porque la mayoría de esas casas estaban construidas en madera y tablas, y fácilmente una bala podía atravesar y poner en riesgo muchas vidas. La gente se metió a la iglesia a refugiarse por ser una construcción en concreto y ubicada entre una escuela y un hospital o sea fácilmente no entraba una bala y porque también la iglesia es la Casa de Dios y dónde sentirse uno más seguro que allí. A las 11:00 de la mañana del 1 de mayo tendríamos por ahí unas 800 personas en un espacio muy reducido para tanta gente. Yo tengo una estatura un poquito más que los demás. Yo no tenía problema para respirar, pero los que tenían menor estatura, sí. Ante eso, ubicamos a la gente que tenía algún grado de vulneración como mujeres en embarazo, los niños y los ancianos en el altar donde el sacerdote celebraba la misa. Así estuvimos esa primera noche en medio de los combates, pero estos al otro día arreciaron. Los paramilitares se ubicaron detrás de la iglesia y desde allí disparaban; seguidamente comenzaron a armar como un mortero para lanzarle a la guerrilla. Yo salí y le dije que ojalá pudieran parar la situación porque nos ponían en riesgo, pero yo tenía una razón más que la gente no conocía. Al lado de la iglesia tenía 500 galones de gasolina que utilizaríamos en los largos recorridos de la parroquia para llegar a 23 comunidades que visitar y tenía temor que la Farc también fuera a responder y cayera en el lugar porque eso explotaría a varias cuadras a la redonda. No obstante, los paramilitares lanzaron a la guerrilla el mortero y esta respondió con una pipeta cargada con tornillos, metralla, ácido, materia fecal y demás, y cayó donde habíamos ubicado a los más vulnerables: allí mató a 79 personas. Ahí es cuando se conoce algo muy doloroso y fue cuando el médico dijo que había que hacer fosas comunes para enterrar a esa gente”

De esta forma EL INFORMADOR, registró el 3 de mayo de 2<img src="/images/stories/sociales/2025/11-noviembre/12espe_9.jpg" alt="" class="pull-center" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;" data-mce-style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;">002la tragedia en el municipio de Bojayá. Foto derechos reservados EL INFORMADOR
E.L.: Aparece el registro que habla: 119 muertos y 53 heridos. ¿Esa cifra se mantuvo?
P.A.R. “No, la cifra aumentó porque mucha gente quedó herida de la masacre y no sé si tiene relación con los elementos que le introdujeron a la pipeta, pero mucha gente comenzó a morir de cáncer y por heridas que les fue generando enfermedades. La cifra ya va mucho más de lo que inicialmente se dio, los heridos también fueron muchos más, pero sobre todo las secuelas que deja la guerra. La gente perdió la confianza, muchas se fueron del pueblo. Cada uno ha desarrollado una sintomatología de la guerra de manera distinta, casi todas dolorosas”.
E.L.: ¿Qué significa para ustedes desde ese entonces el 2 de mayo?
P.A.R. “Es duro recordar. Esta conmemoración está presidida por el tema religioso: nosotros hacemos una Eucaristía, el 1 y 2 de mayo no se prende equipo de sonido, no hay fiesta, es una cuestión de dolor y de rechazo a la guerra. Hay que recordar que Bojayá fue un municipio que cuando hubo el Plebiscito por el que más se votó fue por el sí a la paz”.

E.L.: ¿Qué contacto tiene usted el con las personas que sobrevivieron a ese ataque?
P.A.R. “Pese a que estoy en otra parroquia constantemente me encuentro con muchos sobrevivientes o muchos hijos de ellos. Eso pasó hace 23 años y todavía la gente recuerda los hechos. Ahí hubo familias, por ejemplo, que perdieron 20 miembros; otros tres y cuatro hijos. Yo siento que por una cuestión de sanación ellos prefieren casi no tocar el tema. Yo estuve en tratamiento con psiquiatra, con psicólogo y por lo menos logré dar un paso en mi sanación y por eso escribo el libro en el que me demoré 23 años, porque si lo hubiese escrito antes hubiese sido con dolor, con rencor. Lo más sano era esperar este tiempo”.
E.L.: ¿Luego de la tragedia cuándo fue el primer contacto de usted con su familia?
P.A.R. “Yo me encuentro con mi familia al quinto día. Ahí se da un hecho curioso que no aparece en el libro, pero lo cuento ahora. Allá había un muchacho que era del pueblo que también se llamaban Antún, pero él murió y entonces la primera información que llega a Quibdó es que Antún había muerto, pero la gente no especificaba y empezó a decir que era yo. Incluso los paramilitares también buscaban ayuda porque decían que Antún estaba herido. Fué muy confuso para mi familia, porque no teníamos comunicación ya que no había teléfono, pero a la medida que se pudo, se les dijo que no era yo”.
Antún Ramos Cuesta nació en 1973, en el municipio de Bagadó, departamento de Chocó. Graduado en Periodismo en Roma, Italia; además de sus actividades sacerdotales oficia como jefe de comunicaciones de la Diócesis de Chocó.