*Cuando se cumplen ochenta años del lanzamiento estadounidense de las bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, los testimonios de las víctimas y supervivientes, los ‘hibakusha’, y sus descendientes, recopilados por el investigador Agustín Rivera, dan voz a los que sufrieron el impacto de aquel trágico acontecimiento que marcó el siglo XX.
La primera bomba atómica dirigida contra una zona poblada fue lanzada por Estados Unidos desde un avión sobre Hiroshima, Japón, el 6 de agosto de 1945, durante la Segunda Guerra Mundial. La segunda bomba de este tipo tuvo como objetivo Nagasaki dos días después”, señala el informe “El segundo en que el mundo cambió” de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Aunque sobrevivieron a los efectos inmediatos de las explosiones, los ‘hibakusha’, las víctimas supervivientes de las bombas atómicas que cayeron sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, han sufrido las consecuencias de la enfermedad por radiación, la pérdida de familiares y amigos, y la discriminación, según la ONU.
A pesar de sus dificultades, muchos ‘hibakusha’ han sido ejemplos brillantes de cómo convertir sus tragedias personales en una lucha para promover la paz y crear un mundo libre de armas nucleares, de acuerdo a esta organización.
La ONU por ejemplo recuerda la historia de Sadako Sasaki, una joven que, viviendo cerca del epicentro de la explosión de Hiroshima, desarrolló leucemia por envenenamiento por radiación y murió dos meses antes de cumplir 13 años de edad.

La leyenda de las
mil grullas de papel
Durante su hospitalización, su mejor amiga le recordó la leyenda japonesa que decía que si doblaba mil grullas de papel, los dioses podrían concederle su deseo de recuperar la salud. Con esperanza y determinación, Sadako comenzó a doblar papeles. Desde entonces, la grulla de papel, bellamente doblada, se ha convertido en un símbolo mundial de paz, según la ONU.
El periodista de investigación Agustín Rivera (Málaga, España 1972), doctor en periodismo y profesor de esta asignatura en la Universidad de Málaga, también aspira a mantener vivo el legado testimonial de los supervivientes de las dos explosiones atómicas, reflejando “la angustia de las víctimas de una tragedia que marcó su existencia para siempre y su capacidad de superación”.

Los testimonios de los
últimos supervivientes
“En el ochenta aniversario de la bomba atómica, el acontecimiento que marcó el siglo XX, hay una grupo de personas a quienes jamás deberíamos olvidar, los ‘hibakusha’”, destaca.
Para este heredero y continuador de los grandes cronistas del periodismo, “llega el momento de comprender al otro, descubrir el ruido eterno de los muertos y la capacidad de superación de los supervivientes, sin olvidar que somos memoria”.
Rivera es autor de ‘Hiroshima. Testimonios de los últimos supervivientes’, libro donde recoge —a través de entrevistas— las voces, en primera persona, de las víctimas de una tragedia que marcó su existencia para siempre, y que incluye fotografías de los ‘hibakusha’ realizadas por Toñi Guerrero.
Este investigador señala en una entrevista con EFE, que en este libro que intercala historias de varias generaciones de ‘hibakusha’ “no solo le da voz a los que sufrieron el impacto de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, sino que también hablan los hijos y nietos de quienes sufrieron el ataque nuclear”.
“No me recreo en la tragedia o en el 6 y 9 de agosto de 1945 sino que pregunto, repregunto e indago sobre las vidas de las víctimas, antes y después del bombardeo”, explica.

Masayo Mori: con un peso en el corazón desde 1945.
En ese sentido, uno de los testimonios clave es el de Masayo Mori, superviviente que “tenía 19 años cuando Hiroshima se convirtió en un infierno”, según explica este investigador.
Una de las experiencias que Mori relató a Rivera y que el autor reproduce en primera persona, es la siguiente: “La niña no tenía agua y no sentí la necesidad de detenerme en mi camino. Es el tormento de mi vida. ¿Por qué no la ayudé? Siempre ha sido un peso en mi corazón”.
“La imagen te impacta y ya no podrás olvidarla. El pequeño Shinichi. Su juguete favorito. Un triciclo y la inocencia. Y una vida rota, sepultada en la edad más tierna. Tenía tres años y once meses” explica Rivera.
“Era una mañana tranquila y soleada. El aire estaba lleno de los sonidos rasposos de las cigarras, que tallaban sus patas en los árboles cercanos”, relataba Nobuno Tetsutani, el padre del pequeño.
“La noche entró en su vida y esa vida se convertiría en muerte. Cuando encontraron el cuerpo del niño, estaba agarrado a su querido triciclo”, explica el investigador.

Emiko Okada: la mujer que
odia los atardeceres rojos
“Mi hija tiene la misma enfermedad que yo. Se la detectaron cuando tenía treinta y dos años y cada dos debe ingresar en el hospital para tratarse. Lamentablemente, no se ha reconocido como una causa genética, como una enfermedad de ‘hibakusha’”, testimonia Emiko Okada.
“Yo tengo el carné de superviviente de la bomba atómica, pero más allá de eso no he recibido ningún tipo de ayuda. Odio cuando el atardecer se torna rojo, porque me recuerda a los incendios en los que no pude ayudar a nadie. Veo ese color rojo, tan bonito para muchos, y solo puedo pensar en una palabra: perdón”, relata esta superviviente.
Yasuhiro Tanaka: el desprestigio
de ser un ‘hibakusha’
“Para mí, ser ‘hibakusha’ era como si tuvieras una espina de pescado que siempre llevabas dentro y no podías quitártela. No me atrevía a decirlo. Tan solo lo sabían los muy íntimos. Tengo setenta y siete años y solo llevo catorce confesando que soy ´hibakusha´”, relata Yasuhiro Tanaka.
“Cuando conocí a mi mujer, le conté que era un superviviente. Ella no lo es, pero no le importó que yo lo fuera. Me trataban como a un oso panda. Somos seres humanos, pero nos veían de manera diferente. Y yo quería que se me considerara uno más”, añade.
“Había un cierto desprestigio en admitir que uno era ‘hibakusha’. «Ah, ¿tú también lo eres?», me preguntan en el trabajo. Y yo me resistí hasta que un día conocí a un joven que…, luego lo cuento”, relata Tanaka.
Rivera estuvo por primera vez en la antigua Zipango (nombre que daban los europeos y chinos a Japón hace siglos) en agosto de 1995, cuando era un joven aspirante a reportero internacional de 22 años, y se conmemoraba el 50 aniversario de la bomba atómica, sobre lo cual escribió dos crónicas en Hiroshima.
Por Ricardo Segura.
EFE – Reportajes