Hace poco en los Países Bajos fue capturado un ciudadano que se identificó con nombre y pasaporte brasilero, Víctor Muller Ferreira; su nombre real es Sergey Vladimirovich Cherkasov. Fue deportado al Brasil y arrestado al llegar, acusado de ser espía del GRU, la inteligencia militar de Rusia; pretendía infiltrarse en la Corte Penal Internacional. Vladimirovich llegó al Brasil en 2010 y se movió por varios países con identidad brasilera falsa. A esos espías, que los entrenan durante diez o más años, se les denomina “agentes ilegales”; a diferencia de los “legítimos”, no están en las embajadas ni frecuentan clubes sociales, estudian en universidades del país objetivo, crean importantes redes de relaciones sociales, se emplean formalmente y actúan con bajo perfil.
Las películas de espionaje durante la Guerra Fría crearon un estereotipo del espía: hombres de vestido entero gris o negro, sombrero y gabardina, con diminutos dispositivos capaces de escuchar conversaciones a 100 metros de distancia atravesando paredes, minicámaras de fotografía portátiles y de video escondidas en oficinas, maletines que se intercambiaban al paso, carros especializados en interceptación de comunicaciones, criptografía y un sinfín de características propias de la época. También, mujeres atractivas entrenadas para sonsacar información clave; el contraespionaje era fundamental para neutralizar las acciones del enemigo.
El espionaje es tan antiguo como la humanidad. Su objetivo es obtener información secreta y estratégica de otros gobiernos o empresas competidoras para anticipar amenazas y tomar decisiones ventajosas. El contraespionaje busca proteger secretos gubernamentales o empresariales, prevenir infiltraciones y neutralizar las actividades de espionaje de los rivales; los gobiernos buscan garantizar la seguridad nacional y, las empresas, proteger secretos industriales. En la antigüedad, Egipto, Persia, Grecia y Roma usaban espías y códigos secretos; Sun Tzu dedica un capítulo a los espías en su libro El arte de la guerra. Durante el medioevo eran comunes los fisgones al servicio de los reyes, nobles europeos y la iglesia católica (recordemos la Santa Inquisición). Con mensajeros secretos y redes diplomáticas obtenían información clave manejada con criptografía; hay fascinantes historias al respecto. Surgen los primeros servicios estructurados de inteligencia en Venecia y la Inglaterra isabelina.
Durante la Primera Guerra Mundial se profesionaliza el espionaje moderno y se crean agencias como el MI6 británico que desarrollan tecnologías novedosas; la saga de James Bond mostró algunas. Se introduce la interceptación de comunicaciones radiales, nuevas tintas invisibles y la fotografía aérea. Se activaron también redes de contrainteligencia. En países neutrales se instalaban espías de los países en guerra para obtener información referente al movimiento de barcos, tropas y suministros; naturalmente, llegaban agentes de contraespionaje. Dos mujeres se volvieron famosas: Mata Hari (Margarita Zelle), una bailarina holandesa que como “femme fatale” y danzas brahmánicas obtenía en la alcoba información de políticos, militares y señores de la alta sociedad parisina. Como amante del jefe del espionaje alemán, fue introducida en el mundo del espionaje con el nombre de Agente H-21; después, como trepadora social, se convirtió en agente doble gracias al capitán Ledoux. En 1917 fue ejecutada en Francia cuando descubrieron sus actividades. Su fama sirvió para la realización de algunas películas; hay una sala el Museo Frisio de Leeuwarden (Países Bajos) dedicada a ella.
Otra mujer célebre fue Louise de Bettignies, la reina de los espías. Era culta, licenciada en la Facultad de Letras de la Universidad de Lille. Cuando estalló la guerra actuó como enfermera atendiendo heridos en combate. Después trabajó como espía para la resistencia francesa, llevando información en documentos con tinta invisible. Trabajaba para los británicos; con su red Alice salvó la vida de mas de 1000 soldados aliados antes de ser capturada por los alemanes en 1915. Falleció por causa de la neumonía en un hospital; sus servicios fueron distinguidos por franceses y británicos.
La Primera Guerra sentó las bases de la inteligencia moderna, esa guerra sin balas que se desarrolló en hoteles, embajadas, salones sociales, cabarets y puertos, que ayudó a unos y perjudicó a otros por igual.
Columna: Coloquios y Apostillas
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