Viajar por Colombia es viajar en el tiempo. Mientras que algunas ciudades, no muchas, coquetean con la modernidad, otras siguen ancladas en el pasado y pareciera como que se resisten a dejarlo atrás.
Me pregunto muchas veces, el porqué de estas diferencias, que se reflejan en la calidad del bienestar social. Concluyo que la cara de la ciudad, su imagen y su estado son simplemente reflejo del amor de sus habitantes por ella. Una ciudad que no es amada por sus habitantes, o sin dolientes, como se suele decir, es sucia, insegura, no progresa, hay pobreza por todos lados y poco empleo, y obviamente, la calidad de vida es mala.
En Colombia hay dos ciudades referentes claros de amor de los habitantes por su ciudad: Medellin y Barranquilla. Y se ve. Nada más dar una vuelta por ambas ciudades, sobre todo si se las conocía antes, para darse cuenta que sus habitantes la cuidan. No que estas ciudades sean perfectas ni mucho menos, pero la tendencia en una línea de tiempo es clara, y hoy tanto los paisas como los barranquilleros sacan pecho.
El contraste con la ciudad que tiene el mayor potencial, Santa Marta, no podría ser más grande. Estamos atrapados en una inercia perversa que no nos permite capitalizar todo nuestro potencial. No es hora de buscar culpables, porque en ultimas los culpables somos todos los samarios. Cuando uno ama a su ciudad hace todo aquello que sea bueno para la ciudad, y comienza por elegir bien a quienes nos gobiernan.
La evidencia es clara. Tanto Medellin como Barranquilla, han despegado porque quienes las han gobernado han sido empresarios o industriales. Personas competentes que saben resolver problemas, que tienen una visión clara y no llegan a robar. En Santa Marta, necesitamos un empresario de estos quilates y competencias y no más politiqueros sanguijuelas de la ubre estatal. Lo mismo va para el concejo. Esto es solo una parte de la ecuación, y aunque importante, no la que hace la diferencia en el tiempo.
La otra parte de la ecuación es el ciudadano. Un ciudadano proactivo que defiende y cuida su ciudad y que no permite que la dañen, hace la diferencia. El ciudadano que se reúne con sus vecinos para solucionar todos juntos los problemas de su barrio o comunidad, el ciudadano que embellece y cuida su entorno, el que adopta una calle y se preocupa de que permanezca limpia y sin basuras, el que vigila para que los delincuentes no se apropien del espacio público, es el que hace la gran diferencia. Quizás eso que antes llamaban cultura ciudadana y de la cual hoy no se habla. Citando a John F. Kennedy, no preguntes que puede hacer mi país por mí, sino que puedo hacer yo por mi país. En Colombia esta demostrado hasta la saciedad, que quedarse esperando a que el gobierno haga, nos resuelva es el camino del atraso. Para salir del hueco se necesitan las dos cosas: lideres y ciudadanos idóneos. Tenemos que pellizcarnos y salir del paternalismo pernicioso, que consiste en que yo no hago nada porque para eso está el gobierno. Máxime cuando sabemos, que en muchos casos, quien gobierna, gobierna para cualquier cosa menos para la gente y para el progreso. Y a veces hasta tienen buena voluntad, pero el cargo les queda grande.
Santa Marta no puede quedarse atrás. Es una obligación moral que todos trabajemos para que logre su potencial; es en beneficio de todos. No veo una columna vertebral sino alguna que otra iniciativa dispersa, generalmente inocua, con visos de flor de un día: que el Eduardo Santos, que esto que lo otro. Carencia absoluta de una articulación integral, y obviamente, el tiempo pasa y las cosas van empeorando.
No sé cómo, ni cuándo, ni quién, y ni siquiera dónde, pero hay que comenzar por algún lado. Espero que algún empresario serio e idóneo se apropie de la problemática, y convoque a los ciudadanos para encontrar soluciones.
Columna de Opinión
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