La semana pasada, vi a una líder local con el celular en la mano, que me mostró cómo su aplicación de inteligencia artificial le había escrito en "perfecto" lenguaje generativo una solicitud de apoyo institucional. Todo estaba bien expresado, pero no decía nada del barrio, de la calle sin pavimento, de la escuela que se inunda con la lluvia. No nombraba personas, no asumía urgencias, no pedía compromisos. Ese día entendí, otra vez, que el problema no es usar inteligencia artificial, sino creer que pensar puede delegarse. La herramienta funcionó. No es un criterio. La confusión se ha instalado y se ha apoderado de las empresas, los gobiernos, las instituciones educativas, las ONG.
El informe Global Consumer Trends 2026 plantea que la inteligencia artificial no llega a reemplazar al humano, sino que se convierte en un co-agente cognitivo que amplía en vez de suspender el juicio. La distinción es especialmente relevante en Colombia, donde muchas decisiones tecnológicas se toman por imitación, miedo a quedar desactualizados o presión reputacional. Adoptarla sin una pregunta previa sobre para qué, para quién y con qué límites no es innovación; es improvisación asistida por software.
Los datos globales muestran una adopción acelerada tecnologías avanzadas en sectores como comunicaciones, educación y servicios, pero también alertas claras sobre errores, sesgos y dependencia acrítica. Organismos internacionales y académicos coinciden en la necesidad de supervisión humana constante, aunque los modelos mejoren y se abaraten. Distintos estudios advierten que los sistemas pueden reproducir errores si se usan sin contexto. No es necesario exagerar cifras para entender el riesgo. Cuando una organización delega redacción, análisis o decisiones sin supervisión humana competente, traslada su responsabilidad. En comunicaciones estratégicas, eso puede traducirse en mensajes descontextualizados, crisis mal gestionadas o silencios costosos. La tecnología no asume consecuencias; las instituciones sí.
En regiones como el Caribe colombiano, donde el valor de la palabra está profundamente ligado al territorio, la oralidad y la confianza, el uso irreflexivo de IA tiene un impacto mayor. No se trata solo de eficiencia, sino de legitimidad pública. Un mensaje que no reconoce el contexto local, la historia compartida o las sensibilidades sociales pierde autoridad, aunque esté bien escrito. La inteligencia artificial puede ayudar a ordenar información y acelerar procesos, pero no puede, por ahora, leer el clima social ni anticipar cómo resuena una decisión en una comunidad concreta.
Por eso insisto en que el verdadero diferencial no está en la herramienta, sino en el criterio que la gobierna. Criterio para decidir cuándo usarla y cuándo no. Criterio para validar resultados, corregir errores y asumir autoría sin escudos tecnológicos. En liderazgo público y corporativo, la IA exige más responsabilidad, no menos. Exige formación continua, reglas internas claras, trazabilidad en las decisiones y conversaciones éticas abiertas con equipos y ciudadanos. También exige líderes capaces de decir no, de frenar automatismos, de explicar decisiones y de sostenerlas públicamente con argumentos claros frente a equipos, comunidades, medios y órganos de control institucionales y ciudadanía informada.
Hacia adelante, veremos escenarios donde humanos y sistemas inteligentes trabajen juntos en análisis, planeación y comunicación con mayor sofisticación. También veremos organizaciones que fracasen por abdicar su pensamiento crítico y su conexión con la realidad. El futuro no premiará a quienes usen más herramientas inteligentes sino a quienes la integren con propósito, reglas claras y sentido territorial. La invitación es concreta: participar activamente en esta conversación pública, exigir gobernanza responsable de la tecnología y construir, desde cada sector y comunidad, criterios propios para que la inteligencia artificial sirva al desarrollo de Santa Marta, del Caribe y de Colombia, y no al revés.
Comunicador corporativo. Me encantan los viajes, el minimal techno, la cultura glocal, la tecnología inmersiva y los negocios inteligentes.
Columna: Palabras más, Palabras menos
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