Hace apenas unos días tuvimos la visita en Santa Marta del profesor y analista político Pedro Medellín: y nos dio catedra nos habló de zootecnia y biología como ciencias que ayudan a entender la política. No lo dijo en tono académico, sino con la urgencia de quien percibe que la política no es un teatro de narrativas prefabricadas, sino resultado de relaciones humanas, adaptaciones y decisiones. Y en ese mismo espíritu quiero decirlo yo hoy: la suerte de nuestro país no está echada.
Vivimos tiempos de predicciones, de encuestas y simuladores que, como los meteorológicos, nos ofrecen probabilidades de futuros. Algunos nos quieren convencer de que la historia ya está escrita, de que una u otra tendencia es irreversible. Pero la política no se reduce a algoritmos ni a pronósticos matemáticos si la gente —la gente consciente y libre— decide ejercer su poder real: el voto.
La voz de Trump y Petro ha ocupado titulares esta semana, con miradas encontradas, amenazas verbales, invitaciones diplomáticas y una próxima reunión que apunta a reconfigurar la relación entre Colombia y Estados Unidos. En Washington se afina una agenda pragmática que incluye comercio, seguridad regional y lucha contra la criminalidad transnacional; es un momento en que ambas naciones evalúan intereses estratégicos comunes y diferencias profundas. confidencialmente, ahí estaré, no en la reunión, en Washington.
Este panorama internacional puede parecer ajeno al colombiano de a pie, pero no lo es. Porque la política doméstica y la política global convergen en un mismo punto: la decisión consciente de cada elector en la urna. No importa cuánto dinero circule en campañas, ni cuántos anuncios bloqueen nuestras redes sociales. El dinero puede comprar un día de visibilidad, pero no puede garantizar una sociedad próspera durante cuatro años ni más.
Y esta es la esencia: el poder sigue estando en el voto, en la decisión libre, informada y reflexiva de cada ciudadano. Sí, hay dinero comprando narrativas; sí, las redes pueden magnificar relatos falsos. Pero frente a eso, la ciudadanía puede responder con lo más humano de la democracia: elegir por convicción, no por ruido. Porque cuando entendemos que votar es un acto de responsabilidad, no de indulgencia, superamos la trampa de creer que lo inevitable es irreversible.
No podemos caer en la resignación de repetir que “no hay alternativas” o que “todos son iguales”. Esa frase solo sirve para abdicar de nuestra responsabilidad. Cuando dejamos de informarnos, cuando sustituimos el criterio por emociones prefabricadas en un algoritmo, dejamos de ser dueños de nuestra historia.
Sin embargo, y esto es fundamental, no estamos condenados a repetir los mismos ciclos. Estamos en una nueva era —una donde las grandes potencias reconfiguran sus prioridades, donde los discursos políticos cambian de tono y donde cada elección es, simultáneamente, una apuesta por el futuro. La reunión inminente entre Trump y Petro —aunque aún sujeta a diplomacia, tensiones y expectativas políticas— tiene el potencial de ser un punto de inflexión. Dependiendo del resultado de ese encuentro, las relaciones bilaterales, la seguridad regional y las alianzas estratégicas podrían tomar rumbos distintos.
Pero antes de mirar hacia afuera, debemos mirar hacia adentro: ¿cómo elegimos? ¿con base en narrativas convenientes o con criterio propio? ¿Con abstención resignada o con participación decidida? Si reducimos la abstención, si nos informamos más allá de titulares sensacionalistas y promesas vacías, si comprendemos que cada voto cuenta —y mucho— podremos cambiar no solo una proyección matemática, sino la realidad de nuestra sociedad.
La suerte del país no está echada. Está en nuestras manos, en nuestra conciencia, en nuestra determinación de que el poder más grande de la democracia es el voto consciente y libre.
Ajá Leo, ¿y hoy qué?
Hoy, elegir con criterio, más allá del ruido, con la mirada puesta en el bien común y en la historia que aún podemos escribir.
Columna de Opinión
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