Colombia: Espacio, tiempo y diferencia

Columnas de Opinión
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Hablar de Colombia es enfrentarse a un pueblo atravesado por los años de una forma desigual. Aquí, el pasado no es un archivo estático que reposa en los anaqueles de la biblioteca nacional; es una materia viva que se acumula, se repite y muta. Nuestra historia no avanza en una línea de progreso, sino en una espiral asfixiante. Cada generación despierta creyendo haber superado ciertos horrores, para terminar, reconociendo en su presente los mismos gestos, los mismos silencios y, sobre todo, las mismas hostilidades que han cambiado de nombre.
El espacio nunca ha sido un entorno neutro. Nuestra geografía ha sido cómplice, testigo y causa del conflicto. Mientras los centros urbanos se integran al discurso de la modernidad y el progreso, vastas regiones del campo y la periferia quedan atrapadas en un letargo detenido.

En la Colombia profunda, el Estado es una promesa incumplida o un eco que llega tarde. Allí, donde la ley es reemplazada por el terror, la vida humana se tasa por debajo del control de la hectárea o la ruta. Es doloroso admitir que, en pleno siglo XXI, el lugar donde se nace sigue determinando, con una precisión cruel, las posibilidades de sobrevivir. La fragmentación no es solo territorial, es humana.

El tiempo colombiano es una herida abierta. No hemos vivido esta sucesión sangrienta como un episodio aislado, sino como una constante histórica que se adapta con una plasticidad aterradora. De las guerras civiles del siglo XIX pasamos a la Violencia partidista; de allí al conflicto armado de guerrillas, y luego al estallido del narcotráfico, el paramilitarismo y la criminalidad organizada de hoy.

Por eso, cuando los titulares se llenan de masacres, amenazas y desplazamientos, la sensación térmica del país no es de novedad, sino de eterno retorno. Muchos sienten que estamos regresando al pasado, cuando la realidad es que nunca terminó de irse. La violencia es un huésped que nunca entregó las llaves de la casa.

La incapacidad de gestionar la diferencia ha sido el gran nudo ciego de nuestra democracia. Ya sea política, étnica, social o económica; pensar distinto ha tenido históricamente un costo de sangre. Reclamar derechos se ha vuelto sinónimo de riesgo, y el adversario ha sido sistemáticamente deshumanizado hasta convertirlo en un enemigo prescindible.

Esta patología social explica por qué, cada vez que se intenta una transformación profunda o un cierre del conflicto, la práctica de eliminación reaparece como un mecanismo de defensa del orden establecido. El daño de hoy no es idéntico al de los años sesenta u ochenta, pero dialoga con ellos. Tiene nuevos lenguajes y entornos digitales, pero el efecto buscado es el mismo: la parálisis a través del miedo.

Quizás el legado más grave de nuestra historia ha sido la normalización de la precariedad. Nos hemos acostumbrado a una desconfianza estructural donde el ciudadano aprende a cuidarse solo, a callar y a adaptarse a la sombra del victimario. Cuando las preguntas de una sociedad son ¿puedo salir? o ¿puedo opinar sin que me maten?, es porque el contrato social se ha roto en su base más elemental.

Sin embargo, reducir el país a su tragedia sería cometer un error de lectura. Esta sociedad es también un ejercicio heroico de resistencia, memoria y dignidad. Es una nación que, contra todo pronóstico, sigue buscando salidas pacíficas y apostándole a la verdad. La historia no está cerrada, pero el peligro real no es volver atrás, sino aceptar la narrativa de que la lógica armada es nuestro destino inevitable.

Pensar a Colombia hoy exige asumir que el espacio, el tiempo y la diferencia son experiencias que se llevan en el cuerpo. Mientras la vida siga siendo negociable y el temor se use como una herramienta de Estado, el pasado seguirá siendo nuestro presente más urgente. Nuestra última esperanza reside en esa voluntad persistente de un pueblo que, incluso en medio de las balas, se niega a rendirse y sigue reclamando el derecho a un porvenir que no duela.
Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co