Cuando la juventud aún me florecía en el rostro, a los escasos dieciséis años, el licor empezó a cortejarme disfrazado de fiesta. En la casa de mis padres, bajo el brillo engañoso de las luces de diciembre, los 24 y 31 no eran solo fechas; eran el umbral de un oscuro trajinar que se convertiría en mi propio infierno. Sin saberlo, yo brindaba con mi verdugo, celebrando el mismo veneno que más tarde intentaría devorarme. Hoy, tras quince años de un silencio sepulcral frente a la botella, miro hacia atrás y comprendo que mi abstinencia no es solo una victoria personal; es un milagro entre los escombros. Haber dejado el alcohol fue un giro violento y definitivo, un renacer desde las cenizas de quien estuvo a punto de perder hasta el último rastro de dignidad.
El dolor en mi familia no es una abstracción; tiene nombres y rostros que se apagan. Mi hermano Wilson es hoy un náufrago que se aferra con desesperación a una balsa de cristal. Lo veo luchar, pero sus dedos resbalan una y otra vez en el vidrio liso de la recaída. Lo más desgarrador es el crujido de su mundo desmoronándose: su esposa, el último pilar que lo sostenía, finalmente se marcha. Es la tragedia del bebedor social, ese veneno lento que nadie ve venir porque es legal y aceptado, hasta que la cadena aprieta el cuello y la carne queda marcada de por vida.
Luego está Alejandro, cuya caída ha sido un despeñadero sin fondo. Él ya no bebe para celebrar; bebe para no morir, y al hacerlo, se muere un poco más cada día. Su enfermedad es una niebla espesa que lo ha devorado por completo. Dudo, con un nudo amargo en la garganta, que pueda regresar de ese abismo sin una intervención que sea casi un exorcismo médico. Su cuerpo es hoy el mapa de una guerra perdida.
Mi hermano menor, Alfredo, es el testimonio vivo de la crueldad de esta batalla. Hoy se encuentra confinado en la Fundación Volver a Empezar. Es su sexto intento. Seis veces ha tratado de arrancarse la piel de la adicción; seis veces el monstruo lo ha arrastrado de vuelta a la cueva. Cada reingreso es una pequeña muerte para nosotros, una evidencia de que la voluntad a veces es un hilo delgado frente a un vendaval que ya ha colonizado la sangre.
Pero quizás el clavo más ardiente en mi corazón es mi hijo Hernán. A sus 35 años, carga sobre sus hombros la misma cruz que yo arrastré. Como padre, no existe suplicio más refinado que ver a tu propia descendencia caer en la trampa de la que tú lograste escapar. Es una impotencia que te quema las entrañas; es ver el pasado repitiéndose como una maldición circular. Observo cómo el ADN de las botellas vacías intenta escribir el destino de mi hijo, mientras yo grito desde la orilla sin que mi voz logre romper el muro de su adicción.
Pienso en mis padres, los ancianos que custodian este naufragio. Veo sus rostros surcados por las arrugas de la angustia, ojos secos de tanto llorar ante el altar de hijos que se pierden en la neblina del alcohol. Sus oraciones son el único hilo invisible que nos mantiene unidos. Soy un hermano y un padre que observa, impotente, cómo su estirpe se hunde, mientras estiro una mano que ellos, en su ceguera y negación, se niegan a tomar.
Este no es un manifiesto contra la felicidad verdadera. Es un grito de auxilio. El alcohol, el cigarrillo y la droga son asesinos silenciosos que te van amputando la esperanza y la decencia, pedazo a pedazo, hasta que no queda nada que enterrar más que un envase vacío. Es una alegría que te besa el cuello con ternura mientras te clava el puñal en la espalda; una danza lenta y macabra hacia la fosa.
Columna de Opinión
e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co