Crónica de una abogacía algorítmica

Columnas de Opinión
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En los últimos meses se ha vuelto común escuchar, con entusiasmo casi pedagógico, que la inteligencia artificial llegó para poner a todos los abogados en el mismo punto de partida. Que ya no importa tanto la formación ni la experiencia, porque basta con saber formular una pregunta para obtener escritos bien redactados, argumentos complejos y respuestas rápidas. Según esa narrativa, el derecho habría entrado por fin en una etapa democrática, eficiente y automática.


Uno pensando en un ejercicio jurídico basado en lectura, estudio e investigación, y resulta suficiente un buen computador con conexión estable. Como si la abogacía fuera una conversación bien llevada con una máquina educada. Aunque la idea es bonita, moderna e incluso seductora, es falsa. Y como toda falsedad cómoda, suele repetirse demasiado.

El abogado no puede firmar argumentos que no entiende, ni citar respuestas generadas por IA como si fueran fuentes del derecho, ni sustituir el estudio serio del caso por una consulta automática. Tampoco puede esconderse detrás del algoritmo cuando algo sale mal. La regla sigue siendo la misma de siempre, aunque ahora tenga envoltura tecnológica: el abogado responde por lo que firma.

El software de generación de texto escribe bien; nadie lo discute. Resume sentencias interminables, ordena ideas dispersas y produce respuestas plausibles con una seguridad envidiable para algunos litigantes. Sin embargo, hay un detalle pasado por alto en medio del entusiasmo: no entiende la ciencia jurídica. Sin esa comprensión, se corre el riesgo de repetir errores con buena ortografía.

Conviene traer una sentencia ajena a modas tecnológicas, con un mensaje contundente: la T-323 de 2024 de la Corte Constitucional, que al analizar el uso de estas herramientas en decisiones judiciales recordó algo obvio pero necesario: tales tecnologías no sustituyen la racionalidad humana, el razonamiento jurídico ni la responsabilidad personal de quien decide. El algoritmo puede ayudar; decidir, no.

La Corte hablaba de jueces, claro. No obstante, el mensaje también nos cae a los abogados. Si el juez no puede escudarse en la máquina, el auxiliar de la justicia, menos. El derecho no funciona por delegación automática.

El algoritmo no distingue por sí solo una ratio decidendi de un obiter dictum. No identifica una línea jurisprudencial vigente si quien pregunta desconoce su existencia. Tampoco detecta una norma derogada ni un precedente superado cuando el usuario carece de contexto. La máquina no sospecha, no duda y no desconfía. El ejercicio legal, en cambio, vive precisamente de eso: de la duda razonable, del matiz y de la lectura cuidadosa.

Por eso, lejos de igualar capacidades, la IA acentúa las diferencias. Potencia al conocedor y deja en evidencia al que delega su criterio. No nivela el campo; pone un reflector. Bajo esa luz, se nota quién leyó y quién no.

Es necesario poner orden en la casa. Podemos usarla como apoyo para organizar ideas, explorar hipótesis o mejorar la redacción. Todo eso es legítimo y útil. Aunque hay una frontera infranqueable: el juicio profesional no se delega.

Ahí es donde la lectura marca la diferencia. Quien estudia sentencias completas —no solo resúmenes— y entiende las normas en su contexto, usa la tecnología con ventaja. Sabe qué preguntar, qué corregir y qué descartar. El resto queda a merced de respuestas verosímiles y equivocadas, de errores sutiles y de argumentos con buen sonido sin sustento.

El alto tribunal advirtió algo no menor: el uso de estos sistemas compromete la confianza pública si falta transparencia. Sin una explicación clara sobre cómo se construyó un argumento, la autoridad se evapora. Y sin autoridad, el derecho queda reducido a retórica bien escrita.

Así que no. La ventaja no está en saber usar la máquina; eso lo aprenderán todos. La diferencia seguirá estando en conocer la materia. Tener pericia, hoy como siempre, es consecuencia directa de leer, pensar y dudar con método.

La inteligencia artificial no hará irrelevante la lectura en la abogacía. Hará irrelevante, más bien, al que creyó posible ejercer sin ella.

 
Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co