Más allá del ruido: votar con conciencia

Columnas de Opinión
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Vivimos cansados. Cansados de promesas incumplidas, de discursos repetidos, de campañas que parecen una competencia de popularidad y no un ejercicio serio de democracia. Esa fatiga colectiva ha instalado una idea peligrosa: que da lo mismo por quién votar, que “todos son iguales”, que es mejor elegir al más conocido —aunque sea malo— que arriesgarse por alguien que no suena tanto. Y en esa resignación silenciosa, perdemos todos.


La democracia no se agota en marcar un tarjetón y depositarlo en una urna; ese gesto, tan simbólico, es apenas el último paso de un proceso que empieza mucho antes. Antes hay una responsabilidad que no se delega: informarse. Pensar. Comparar. Dudar. Porque muchas veces el mejor candidato no es el que más votos tiene ni el que más seguidores acumula en redes sociales. Es, casi siempre, el que ha trabajado lejos del ruido, el que ha construido una trayectoria coherente y el que puede mostrar resultados, no solo promesas.

Las redes sociales han cambiado la forma de hacer política, pero no necesariamente para bien. Allí se fabrican relatos emocionales, se editan realidades y se venden personajes. TikTok e Instagram pueden convertir a cualquiera en fenómeno viral, pero la viralidad no es sinónimo de capacidad, ni mucho menos de integridad. La política no es un video de 30 segundos ni una frase ingeniosa; es gestión, carácter y decisiones difíciles.

Por eso es tan importante ir más allá del algoritmo. Investigar no es un lujo, es un deber ciudadano. Revisar hojas de vida, trayectorias profesionales, cargos ejercidos, decisiones tomadas. Leer con calma, contrastar fuentes, acudir a espacios donde la información no esté diseñada para manipular emociones. Wikipedia, Google, archivos periodísticos, entrevistas largas, debates completos. Ahí, y no en las redes, suele estar la verdad.

En Colombia hemos tenido ejemplos claros de personas que, sin ser estridentes ni populistas, han demostrado que otra forma de ejercer lo público es posible. Profesionales con formación sólida, con experiencia en la administración del Estado, con resultados verificables en sectores complejos como el agro, la educación o la gestión territorial. Personas que no construyeron su carrera a punta de likes, sino de trabajo técnico, coherencia y servicio. Trayectorias distintas, estilos distintos, pero un punto en común: la convicción de que el país puede hacerse mejor desde la decencia y el rigor.

También es clave mirar a la persona, no solo al candidato. Su entorno, su familia, la forma como se relaciona con los demás, la coherencia entre lo que dice y lo que hace. La política no es un acto aislado; es una extensión de la manera de ser. Quien no ha sido honesto en su vida profesional difícilmente lo será cuando tenga poder. Quien promete lo que sabe que no puede cumplir, ya está mintiendo antes de empezar.

Durante años nos acostumbraron a repetir, casi sin pensar, que era mejor “el malo conocido que el bueno por conocer”, como si la resignación fuera una forma de prudencia. Esa frase, que parece sensata, ha sido una de las trampas más costosas de nuestra historia democrática. Nos llevó a conformarnos, a bajar el estándar, a normalizar la mediocridad y la corrupción. Tal vez ya es hora de atrevernos a conocer mejor, de exigir más y de creer que sí es posible elegir bien.

Votar bien no garantiza milagros, pero votar mal sí garantiza frustraciones. Cuando elegimos con conciencia, abrimos la posibilidad de que llegue alguien que priorice el bien común sobre el interés personal, que entienda el poder como servicio y no como botín. No es ingenuidad: es responsabilidad.

Ajá Leo, ¿y hoy qué?

Hoy, tomarnos el tiempo de informarnos de verdad, de apagar un momento el ruido de las redes y de recordar que la democracia, aunque imperfecta, sigue siendo una herramienta poderosa cuando se usa con criterio y con esperanza.

 
Columna de Opinión e-mail: leonorconsuelogomez@gmail.com