Me gusta endulzar con miel, siempre de forma moderada. No obstante, siempre ha circulado el mito de que gran parte de la que se vende en tiendas no es realmente pura, sino que viene mezclada o adulterada. A ello se suma que se equipara la producida en granjas apícolas con la encontrada en panales silvestres, en bosques o selvas, como si solo esta última fuera auténtica.
Por esa razón, cuando voy a comprarla, recurro al apicultor que más confianza me brinda. En una de esas charlas comenzó una reflexión que fue mucho más allá del sabor dulce y que inevitablemente me llevó a pensar en las abejas, su fragilidad y nuestra responsabilidad frente a ellas.
Siempre me han intrigado —me dijo— Tal vez porque son pequeñas, silenciosas y, sin embargo, decisivas. Durante años escuché que, por la forma de su cuerpo y el tamaño de sus alas, no deberían poder volar. Hoy sé que esa afirmación no habla de un límite de la naturaleza, por el contrario, de las fronteras de nuestro entendimiento. Las abejas no desafían la física; somos nosotros quienes tardamos en comprenderla. Su vuelo no es un milagro: es una lección de humildad científica.
Pero, lo verdaderamente relevante es que mientras buscan néctar, polinizan. Y al hacerlo sostienen gran parte de la cadena alimentaria mundial. Frutas, verduras, semillas y cultivos dependen, en mayor o menor medida, de ese trabajo silencioso. Por eso, aunque suele decirse que sin ellas la humanidad desaparecería, prefiero una afirmación más precisa: sin abejas, nuestra alimentación sería más escasa, más costosa y profundamente desigual. Sobreviviríamos, sí, pero ¿a qué precio? —se preguntó—.
Además, elaboran un alimento singular: la miel. No se descompone y posee propiedades antibacterianas naturales. Aun así, conviene recordarlo: la miel no existe para los humanos. no la producen pensando en nosotros; simplemente aprendimos a beneficiarnos de su esfuerzo. Y quizá ahí surge una primera lección incómoda: la naturaleza no trabaja para el hombre; el hombre sobrevive cuando aprende a leerla y respetarla.
En ese mismo sentido, el consumo de miel merece una reflexión cuidadosa. No es un medicamento ni una sustancia milagrosa, pero tampoco es un simple azúcar refinado. Consumida de forma moderada, aporta energía natural, antioxidantes y ciertos efectos antibacterianos reconocidos tanto por la tradición como por la ciencia. Una cucharadita ocasional puede ser una alternativa más consciente frente a los azúcares industriales. No se trata de endulzar sin límites, más bien de comprender que el beneficio aparece cuando existe medida y se pierde cuando hay exceso.
A pesar de todo, emerge otro tema que genera curiosidad y confusión: la picadura. En los últimos años se ha difundido la idea de que tendría provecho para la salud, especialmente sobre el sistema inmunológico. El pinchazo no fortalece el sistema inmune; lo que hace es activarlo de manera brusca. Inyecta veneno, genera inflamación y obliga al cuerpo a reaccionar.
Hay un hecho que suele omitirse: muere al picar. Entonces no es un acto terapéutico. Es un último recurso defensivo que le cuesta la vida. No pica para beneficiar a nadie. Y, aun así, el ser humano ha intentado convertir ese gesto final en una utilidad más, revelando hasta dónde llega nuestra obsesión por extraer ventaja incluso del sacrificio ajeno.
Existe una contradicción aún más grave que no podemos eludir: las estamos matando de manera sistemática con el uso indiscriminado de pesticidas que ha devastado colonias enteras. Las abejas no mueren por azar; mueren por decisiones humanas que privilegian la productividad inmediata sobre el equilibrio ecológico.
Finalmente, la enseñanza más valiosa —concluye mirándome a los ojos— no está en la miel ni en el aguijonazo. La encontramos en su forma de existir. La colmena funciona como un todo. Y, quizá por eso, nos recuerdan que la supervivencia no depende de la explotación, sino de la cooperación y el respeto por los límites. En últimas, cuidarlas no es un gesto sentimental: es una decisión inteligente sobre el futuro.
Columna de Opinión
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