Santa Marta cumplió 500 años y, como suele ocurrir con las cifras simbólicas, la ciudad quedó suspendida entre la celebración y la reflexión. Pasó el ruido de los actos oficiales, los conciertos y los discursos en el camellón y en la Quinta, y quedando lo esencial: una ciudad que debe mirarse al espejo y preguntarse qué viene ahora. Porque cumplir años no es un logro en sí mismo; lo verdaderamente importante es lo que se hace con la historia que se hereda.
Santa Marta, la magia de tenerlo todo. Es una ciudad privilegiada por la geografía y desafiada por su propia complejidad. Aquí el mar Caribe se encuentra con la Sierra Nevada más alta del mundo a nivel costero, y esa unión no es solo una postal: es un mensaje permanente de equilibrio, de respeto y de límites. Pocas ciudades tienen la posibilidad de ofrecer, en un mismo territorio, en un pequeño territorio, playas, selva, montaña, ríos y culturas ancestrales vivas.
El turismo ha sido, sin duda, uno de los grandes protagonistas de la Santa Marta contemporánea. Miles de visitantes llegan cada año atraídos por el Parque Tayrona, por Minca, por Taganga, por la Ciénaga Grande y por un Centro Histórico que guarda capas de memoria, luces y contradicciones. El reto no es atraer más turistas, sino hacerlo mejor: con orden, con sostenibilidad y con sentido de pertenencia. El turismo no puede seguir siendo un simple consumo del paisaje; debe convertirse en una experiencia consciente que respete el territorio y dignifique a quienes lo habitan.
Después de los 500 años, la ciudad tiene la oportunidad de redefinir su modelo de desarrollo. Se habla de recuperación del frente marítimo, de revitalización del centro histórico, de proyectos de turismo sostenible en la Sierra Nevada y de nuevas dinámicas culturales y gastronómicas. Todo eso es valioso, siempre que no se pierda de vista lo fundamental: Santa Marta no puede construirse de espaldas a su gente ni a su entorno natural. El desarrollo que excluye, tarde o temprano, termina pasando factura. Por eso grupos cívicos como “Vamos por Santa Marta”, cobra todo sentido.
Santa Marta también debe reconciliarse consigo misma. Con sus barrios olvidados, con sus brechas sociales, con su relación ambigua entre lo público y lo privado. No basta con mostrar grandes eventos musicales; hay que atender la ciudad real. La que necesita agua permanente, movilidad digna, una entrada en sentido correcto a su centro, espacio público por lo menos limpios ojalá, cuidado y no sobre explotados con ferias artesanales temporales que impiden disfrutar de los mismos, y que castigan sin consideración al artesano que todo el año paga renta. El futuro no se improvisa ni se hereda automáticamente: se construye con decisiones responsables y sostenidas en el tiempo.
La ciudad que viene después de los 500 años no necesita grandes gestas épicas, sino coherencia. Necesita entender que su mayor riqueza no está solo en sus paisajes, sino en la manera como decide cuidarlos. Que la Sierra no es un recurso infinito, que el mar no es un vertedero y que la historia no es un adorno para el turismo, sino una responsabilidad colectiva.
Santa Marta tiene todo para ser referente del Caribe colombiano: belleza natural, diversidad cultural, talento humano y una energía que se siente incluso en silencio, cuando el devenir de las olas es protagonista. Pero ninguna de esas virtudes se sostiene sola. Requieren conciencia, planeación y, sobre todo, amor real por la ciudad, no amor de discurso.
Ajá, Leo, ¿y hoy qué? Hoy, algo tan simple y poderoso como detenerse a disfrutar los atardeceres, como un acto de gratitud por lo que tenemos. Dejamos todo lo malo en 2025 y empezamos a sembrar lo que será el nuevo amanecer. Legitimo es usar las herramientas de nuestro tiempo, pero con la conciencia de siempre. Feliz 2026
Columna de Opinión
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