Ciencia, cocaína y la traición del progreso

Columnas de Opinión
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La historia de la cocaína es, en esencia, el relato de una traición a nuestra propia confianza en el progreso ilimitado. Hoy, cuando escuchamos “cocaína”, la mente viaja a personas adictas, selvas profundas, laboratorios clandestinos o bombardeos en el Caribe. Sin embargo, estas imágenes son una cortina de humo que oculta un dato profundamente incómodo: el alcaloide no nació en el submundo del crimen de Colombia, sino en el corazón brillante de la ciencia de la Alemania del siglo XIX.


Durante milenios, la hoja de coca ha sido una planta sagrada. En los Andes, su uso era un tejido social y una herramienta de resistencia. El drama comenzó cuando la curiosidad europea decidió que la planta no era suficiente; había que extraer su alma blanca.

En 1860, el químico Albert Niemann logró aislar el alcaloide en Alemania. No lo hizo para alimentar un imperio criminal, sino bajo la convicción de que cada nuevo compuesto en su probeta era un peldaño más hacia la gloria de la humanidad. Fue un error de cálculo histórico: al concentrar la potencia de la planta en un cristal blanco, el rigor científico despojó al compuesto de su contexto cultural y la convirtió en un proyectil farmacológico.

Lo que siguió fue la industrialización. La farmacéutica Merck, símbolo de la precisión alemana, no vio un riesgo, sino una mina de oro. Refinando toneladas de hojas, el poderoso farmacéutico transformó una curiosidad del centro de investigación en un producto de consumo masivo, legal y prestigioso.

En esa época, la cocaína era la invitada de honor en las farmacias de lujo. La respetabilidad era tal que el propio Sigmund Freud se convirtió en su apóstol médico. Freud la recomendó como la cura para todo, desde la melancolía hasta la adicción a la morfina. Su teoría terminó en tragedia cuando vio a sus amigos más cercanos hundirse en la psicosis. Freud no fue un villano, sino el síntoma de una época que confundió potencia química con bienestar humano.

Este auge no habría sido posible sin una infraestructura colonial de suministro. Mientras Merck refinaba la pureza en Alemania para ser vendida en farmacias o droguerías, se establecieron rutas comerciales masivas desde Sudamérica. La cocaína fue el primer gran experimento de globalización: el norte aportaba la técnica y la marca, mientras el sur ponía la tierra y la mano de obra, cimentando una dependencia económica que, tras la prohibición, solo pudo sobrevivir mutando hacia el narcotráfico.

Aquí reside la paradoja más dolorosa de nuestra actualidad: el cocinero de un centro de producción clandestino en la selva de Colombia hoy no es más que el heredero oscuro del científico de bata blanca de finales del siglo XIX de Europa. Ambos operan sobre la misma base: el lucro a través de la alteración de la conciencia.

Resulta hipócrita criminalizar hoy únicamente el extremo final de la cadena —el traficante y el adicto— sin reconocer que este monstruo fue alimentado en su infancia por las instituciones más respetadas de Occidente. La diferencia entre la "droga milagrosa" de 1880 y el "veneno social" de 2025 no es su composición sino nuestra incapacidad de admitir que la ciencia, cuando se divorcia de la ética, es capaz de diseñar sus propias catástrofes.

El viaje que comenzó en la pulcritud de un matraz en Darmstadt termina hoy con el estruendo de un misil en las aguas del Caribe. Es la ironía más sangrienta de nuestra historia: una sustancia que fue creada y legitimada en Europa bajo la bandera del progreso hoy es combatida mediante operaciones militares y estrategias de interdicción en el Caribe, justificadas en nombre de la civilización y la seguridad.

Mientras el mar se traga los cuerpos de quienes naufragan en esta maquinaria de muerte, queda claro que la verdadera sobredosis no es de polvo blanco, sino de una hipocresía estructural que prefiere destruir las consecuencias antes que asumir la responsabilidad histórica de haber inaugurado el problema.

 
Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co