La semana pasada vi una producción excelente de la RAI (televisión pública italiana), titulada: Pietro, Un Uomo nel Vento, de Roberto Benigni, quien fue el director y actor de una película famosa llamada Life is Beautiful. Un monólogo donde Benigni cuenta la vida de Pedro, el primer Papa de la Iglesia Católica.
Casi al final de su monólogo, describe una escena que comparto: Pedro estaba en una cárcel romana y a punto de ser condenado a muerte. Logró convertir a sus dos carceleros, hoy santos, y estos lo convencieron de que se fugara para escapar de una muerte segura. Pedro huía, cuando de pronto vio a Jesús que caminaba en sentido a Roma cargando una cruz. Cuando se le acercó, le pregunto: ¿Señor adonde vas con esa cruz? Y Jesús le respondió: A Roma, a que me crucifiquen de nuevo.
Pedro entendió que el Amor por su Señor, al que había negado tres veces, era hasta las últimas consecuencias, una renuncia total a si mismo para dar testimonio de ese gran Amor. Pedro volvió a Roma para ser crucificado.
La Navidad, esa fecha tan especial para nosotros los cristianos, es un comienzo y un final. El sentido de la Navidad no es conmemorar el cumpleaños de alguien famoso sino el nacimiento de Jesús en nuestros corazones. Un nacimiento no exento de renuncia, entrega y dolor. Petro no se devolvió gozoso a Roma para ser crucificado; Petro era como nosotros, y probablemente iba lleno de miedo y luchando por permanecer fiel hasta el fin. La Navidad es un nuevo comienzo, que sólo es posible cuando muere el hombre viejo, el esclavo de la carne y del mundo. Sin muerte no hay resurrección; qué difícil es hacer la voluntad de Dios en contra de nuestra voluntad. La alegría, el gozo de que Jesús nazca en nuestros corazones sobrepasa cualquier experiencia de los sentidos.
La Navidad es al mismo tiempo el final de un caminar. El año litúrgico con la Cuaresma, Semana Santa y demás, tiene el propósito de prepararnos para el nacimiento en Navidad. Ese caminar es ir muriendo a nosotros mismos y a todo aquello que impide que Jesús nazca en nuestros corazones. Un camino que no termina, pero en el que recibimos el acompañamiento de la Iglesia, que nos guía como madre amorosa. Imaginemos una escalera de caracol donde cada vuelta que damos, ciclo litúrgico, deberíamos ir subiendo y acercándonos a una amistad más estrecha con Jesús, a la santidad. La vida de Pedro fue así, llena de contradicciones, de debilidades, de impulsividad, de momentos de cobardía, de falta de fe y de entendimiento, pero capaz del arrepentimiento genuino y de un nuevo caminar. Cada amanecer, es la oportunidad para una Navidad en nuestras vidas, para una conversión porque la Navidad es siempre todavía. Cada amanecer debemos decidir si queremos seguir atados al pasado y al mundo de lo posible. El pasado hay que desecharlo con perdón y arrepentimiento, y al futuro hay que mirarlo con esperanza y confianza absoluta en la Providencia Divina. Solo el hoy y el ahora son reales. Cada amanecer es una oportunidad para elegir entre el Amor o el odio, o entre el miedo y la esperanza.
La Navidad en familia y con amigos nos brinda a cada uno la oportunidad de la reconciliación, de amar sin pedir nada a cambio, una oportunidad para intentar ver al mundo y a mi prójimo más cercano con los ojos de Dios. Una oportunidad para abrazarnos y querernos, sin juzgarnos, solo compartiendo con los seres más cercanos y dando gracias por la bendición de haberlos tenido de compañeros de viaje en este peregrinar terrenal.
Si se presenta la oportunidad, recomiendo ver Pietro, Un Uomo nel Vento o comprar el libro. Por lo pronto, les deseo una Feliz Navidad.
Columna de Opinión
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