Es manifestación permanente de la gente, que cunde el temor entre nosotros, que lo cuál se siente en cada paso, en cada esquina, que la angustia es latente, que se notan mensajes cifrados de manera insistente que afectan la paz y revelan una violencia sutil que mina la tranquilidad, aspectos ellos en los que se debe avanzar con premura, debiéndose dar muestras decisivas para combatir tales sombras, proteger a quienes más lo necesitan, empezar por reconocer que la seguridad no es un privilegio, sino un derecho que debe permite a todos prosperar con sosiego y dignidad.
Concierne que avancemos hacia una sociedad donde empatía y justicia vayan de la mano, robustecer el tejido familiar y social, dar voz a las víctimas, escuchar el dolor de la gente, construir las protecciones que necesarias sean para cambiar vidas y permitan caminar con libertad. Es un escudo que merecemos, en vía a construir un Distrito donde podamos crecer sin miedo, donde sepamos que nuestras voces cuentan y donde todos podamos avanzar en libertad hacia la consolidación de una ciudad más segura e inquebrantablemente más comprometida en la seguridad que con ello se protege nuestra alma citadina y dirigirnos podamos hacia un mañana donde la seguridad sea soporte de cada familia y nadie tenga que vivir con miedo ni temores.
No podemos perder de vista que la seguridad empieza en la comunidad desde donde debe sostenerse la convivencia, razón por la que como ciudadanía debemos ser un ejército silencioso pero activo y decisivo en la consolidación de la paz y la seguridad, lo que impone un viraje que nos lleve a crear la paz para que la seguridad deje de ser solo fuerza y convertirse en un proyecto comunitario de carácter preventivo y territorial, aspecto alertado por grandes teóricos en el tema, mostrando que el capital social fundamentado en la confianza, la cooperación y la participación, sostienen a los gobiernos eficaces; otros, que el orden público se construye donde la vida sucede, vale decir, en la calle, el barrio, la comunidad; y, unos más, que las sociedades que gestionan sus propios bienes comunes, incluida su seguridad, en ruta a superar los modelos verticales.
Interesa bajo esta perspectiva, poner a la ciudadanía en el centro de la seguridad y la paz, lo que generará que los indicadores empiecen a mostrar avances en materia de seguridad y justicia, puesto que será ello consecuencia lógica de una comunidad en el eje de las acciones y políticas públicas, esfuerzo que bien vale la pena y por sí solo se justifica. Es en ese derrotero organizar redes de alerta, acompañar las campañas de prevención, denunciar, frenar los conflictos antes que estallen, al tiempo de cuidar, acordar y acompañar, lo que ayudará a sostener al Estado donde el Estado no siempre alcanza.
Es lo cual un trabajo, si bien sencillo y silencioso, determinante, ya que mantiene el tejido unido, evita que la violencia avance y recordar que la paz debe ser un oficio día con día, que los liderazgos morales enseñan, cuidan y median sin pedir nada a cambio, además de significar la parte más difícil de la paz, lo que no se puede comprar, medir ni imponer, pero que representa la confianza, una comunidad organizada y la idea que la gente puede y debe participar en la seguridad como experiencia de vida, para que la paz deje de ser promesa y empiece a sentirse en la calle, el barrio, los mercados y en la palabra compartida, en dirección a convertir lo cual no una estrategia de comunicación, sino en transformación cultural.
Es pasar del dicho al hecho, al acercamiento, al encuentro, pasar del trámite a la conversación, educarnos juntos, ya que cuando la comunidad participa activamente, la seguridad deja de ser una narrativa para convertirse en una práctica cotidiana, por qué si es cierto que la fuerza controla y disuade, la comunidad previene y reconstruye para que la paz y la seguridad viva siempre en el pueblo como debe ser.
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