No creo en el Infierno. Pero sí en que representa una de las construcciones teológicas más poderosas y, a la vez, más aterradoras de la historia humana. Recordando mi niñez y juventud —tengo 60 años—, puedo afirmar que el temor a la condena eterna fue, sin duda, un tormento real que me impidió disfrutar mucho más mi vida.
La Real Academia Española lo define como: "Lugar donde, según la teología, son atormentadas eternamente las almas de quienes mueren en pecado." Es, por lo tanto, un concepto inseparable de la eternidad y la pena.
Intuyo su origen como complejo y se remonta a diversas cosmologías antiguas que ya tenían mundos subterráneos de castigo —como el Tártaro griego o el Sheol hebreo—. No obstante, la versión que heredamos en Occidente fue formalizada y magnificada, principalmente, por las religiones abrahámicas: el cristianismo y el islam.
Considero que no fue una sola persona la que lo trajo a la humanidad; más bien, la teología lo desarrolló. Figuras como Tertuliano y escritores posteriores —como Dante— fueron cruciales para moldear esa imagen de castigo eterno, llena de fuego y azufre, como una propaganda del establecimiento religioso.
El propio Cristo se refirió al Infierno, y su concepto, considero es fundamental para entender la doctrina. Él habló frecuentemente de un lugar de juicio final y castigo. Lo que es crucial es que utilizó la palabra griega Gehenna para describir este lugar de tormento. Gehenna hacía referencia a un valle real en las afueras de Jerusalén —el Valle de Hinón— que históricamente había sido un sitio de sacrificios paganos y que, en tiempos de Jesús, era un basurero ardiente donde se incineraba la basura y los cuerpos de criminales, un lugar asociado al fuego constante y la podredumbre. Al utilizar esta metáfora vívida del basurero ardiente, Jesús ciertamente lo describió como un lugar de destrucción total y sufrimiento donde habrá “el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 13:42). Es por esto que la figura del hijo de dios, a pesar de su mensaje de misericordia, es también la fuente directa de la advertencia más solemne sobre el castigo eterno.
Para mí, la finalidad del averno es dual, actuando como un poderoso instrumento de control social y moral. En primer lugar, está la Disciplina: la amenaza de la pena eterna busca garantizar la obediencia al dogma y servir de "orden policial" para disuadir el pecado. Y, la Exaltación Divina: al castigar con una pena infinita, se busca subrayar la infinita majestad de dios, cuya ofensa es inconmensurable.
Sin embargo, comparando mi época con la de los jóvenes de hoy, es evidente que ha perdido gran parte de su terror. No obstante, pienso que esta decadencia de poder se debe a varios factores. El primero es la Trivialización: a mi modo de ver, los infiernos literarios de autores posteriores, llenos de metáforas y anacronismos, hicieron que el concepto pasara de ser una verdad literal a un recurso narrativo, perdiendo su seriedad teológica.
Posteriormente, está la Crisis de la Eternidad: considero que la eternidad del dolor es una imaginación imposible. Creo que las nuevas generaciones, más inclinadas al humanismo y la lógica, encuentran el concepto de una pena infinita por pecados finitos moralmente indefendible. Por último, la Competencia de la Gloria: si bien mi niñez fue dominada por el miedo al castigo, la generación actual vive en una cultura que exalta el triunfo y el júbilo inmortal en vida. El foco se ha movido del miedo a la condena eterna a la búsqueda de la realización personal aquí en este planeta.
Para concluir, si mi generación vivió la pena infinita del Infierno, la juventud de hoy se enfoca más en buscar una gloria inmarcesible terrenal, relegándolo a un eco lejano de la historia religiosa. Hoy, gracias a dios, mis hijos, nietos y sobrinos no creen en la condena eterna y por lo tanto disfrutan muchísimo más sus aventuras y travesuras.
Columna de Opinión
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