“Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante” escribió el periodista polaco Ryszard Kapuscinski.
“Lo que antes era una mera fuente de información, se ha convertido hoy en un instrumento de formación de la opinión pública”, continúa. Cuando los medios de comunicación deben desmentir noticas falsas que han publicado, ya sea voluntariamente, por presión social o por orden judicial, cada vez que aparecen las crisis de seguidores, los aprietos económicos por falta de pautas publicitarias o las fusiones con despidos de personas, se confirman las observaciones de los opinadores especializados. Hasta no hace mucho tiempo, los medios de información eran propiedad de periodistas y dirigidos por ellos; hoy, casi todos pertenecen a grandes corporaciones.
Comenzando el siglo XX, en importante compromiso bilateral, los medios de comunicación vendían espacios a las agencias publicitarias. La aparición de la televisión por cable y la expedición de nuevas leyes permitió a las grandes agencias adquirir importantes medios de comunicación, motivando que corporaciones ajenas a la prensa adquirieran casas periodísticas, fenómeno ahora generalizado por todo el planeta; inclusive, capitales extranjeros aterrizaron en distintos países para participar de la torta informativa. Más allá del mero negocio de las comunicaciones y la publicidad, esas corporaciones accedieron a las más influyentes fuerzas políticas; para estas es fundamental aliarse con la prensa más acreditada. El ascendiente de ciertos medios en la opinión pública ponía o tumbaba gobiernos. América Latina no fue la excepción, y Colombia vivió ese fenómeno.
El internet y las nuevas plataformas digitales cambiaron las reglas del juego. Rápidamente los medios coparon esos nuevos espacios, controlando aún más la información que unidireccionalmente llegaba al público. Sin embargo, aprovechando esos mismos canales surgía un contrapoder emanado de opinadores o medios independientes. La información ya no venía filtrada y orientada; podía ser directa, sin filtros, en tiempo real y multidireccional. El peso de los medios masivos en la población aún es notable y reconocido; la gran mayoría los consume. La radio y la televisión llegan a todas partes, y los medios impresos tienen ahora portentosas plataformas digitales. No obstante, las redes sociales dominan en la telefonía móvil, quizás el medio más utilizado en estos tiempos, y allí el contrapeso es más evidente; portabilidad, conectividad, versatilidad e inmediatez son sus principales características; con un móvil se accede instantáneamente a cualquier información; los creadores de contenido, usando herramientas de edición y distribución, llegan rápida y fácilmente a todo público. Los usuarios reciben información, participan, comentan y comparten opiniones, ya sea de los medios tradicionales o de creadores independientes; los algoritmos actúan. La información se ha democratizado; muchas veces, es mal procesada y peor utilizada.
Defiendo la libertad de prensa, de expresión y difusión como un asunto democrático fundamental, atendiendo el derecho constitucional a la información veraz. Toda persona o medio periodístico tiene el derecho de un pensamiento político; todos somos políticos aun siendo apolíticos. Creo también en la obligación ética de una información objetiva, completa y respetuosa, tratando hechos ciertos y debatiendo criterios, sin atacar ofensivamente a las personas y sin afectar su intimidad. La pérdida de credibilidad es el peor estigma para un medio informativo; respeto al periodista responsable, pero la degradación de la profesión periodística espanta a lectores informados de la misma manera en que atrae a un público ávido de chismes y consejas, de patrañas, entramados y hasta de calumnias que quisieran escuchar y que pueden terminar respondiendo ante los tribunales, obligando a una retractación; pero el daño está hecho.
Se avecina el debate electoral y la mayoría de los colombianos quisiera una controversia limpia, que los principales medios respeten los principios éticos y morales que rigen esa noble profesión, apartando el amarillismo y el ataque personal por fuera de la contienda. Las noticias deberían ser veraces; las opiniones, respetuosas y la información objetiva, contrastando y revisando lo que se pretende publicar sin autocensura. Es hora de volver totalmente al periodismo serio.