Entre la cruz y la media luna

Columnas de Opinión
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Cuando pienso en los Derechos Humanos, no los veo solo como un conjunto de normas escritas en tratados internacionales, sino como una herencia moral de la humanidad. Y en ese sentido, no se puede negar que su formulación moderna tiene un fuerte sello cristiano.


Siempre me ha parecido fascinante cómo el cristianismo introdujo la idea de que todas las personas son iguales ante Dios. Esa afirmación, tan sencilla y radical, fue el germen de lo que siglos después se convertiría en la noción jurídica de dignidad humana.

La idea de que cada ser humano tiene un valor intrínseco, nace de una visión teológica que colocó al individuo —no al Estado, ni al emperador— en el centro de la moral.

Considero que los Derechos Humanos son herederos de un cristianismo humanista, aunque hayan sido secularizados en el discurso moderno. La Declaración Universal de 1948, con toda su laicidad, sigue respirando esa raíz: el reconocimiento de la dignidad como principio absoluto, no dependiente del mérito, la raza o la condición. Es, en el fondo, una traducción jurídica de aquella enseñanza evangélica: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.”

Sin embargo, el contraste surge cuando el islam aparece en el debate público contemporáneo como una tradición “incompatible” con la democracia o los Derechos Humanos. Personalmente, creo que esa afirmación, aunque tiene raíces históricas y políticas reales, también revela una visión eurocéntrica que olvida la diversidad interna del propio islam.

Desde un punto de vista jurídico, es cierto que en varios Estados islámicos las fuentes normativas —como la sharía— establecen una relación entre el derecho y la religión que tensiona los valores del pluralismo democrático. En sistemas donde la ley divina prevalece sobre la soberanía popular, la libertad individual tiende a subordinarse a una interpretación religiosa del bien.

Pero sería injusto concluir que el islam, como fe, se opone a los Derechos Humanos. Más bien, lo que existe es una disputa de interpretación: entre una visión teocrática, que absolutiza el texto, y otra humanista, que busca conciliar fe y razón, tradición y derechos.

He leído con atención la Declaración Islámica de Derechos Humanos (El Cairo, 1990), y no deja de impresionarme su ambivalencia: reconoce derechos fundamentales, pero los supedita a la sharía. Desde la óptica del Derecho Internacional, eso representa un límite, pues los derechos dejan de ser universales para volverse condicionados.

Pero detrás de esa tensión hay una pregunta que Occidente rara vez se formula: ¿es posible un modelo de Derechos Humanos que no nazca del liberalismo cristiano-occidental, sino de una cosmovisión distinta?

No puedo ignorar que el Derecho es también cultura. Pretender que la universalidad de los derechos se imponga como una forma única de civilización sería repetir, con otros nombres, los antiguos gestos del colonialismo moral.

Intuyo que el reto contemporáneo no está en decidir si los Derechos Humanos son cristianos o islámicos, occidentales u orientales, sino en reconocer su vocación plural y dialogante. Su verdadero espíritu no es imponer una verdad, sino proteger la posibilidad de que cada ser humano pueda buscarla libremente. Por eso, cuando algunos presentan al islam como incompatible con la democracia, me pregunto si no están, en el fondo, temiendo que la democracia deba aprender a convivir con la diferencia.

En síntesis, el cristianismo, con su mensaje de amor universal, dio origen al ideal; el islam, con su profundo sentido de comunidad y justicia social, puede enriquecerlo si logra reconciliarse con la libertad individual. Por lo tanto, los Derechos Humanos existen para humanizar la ley, no para monopolizar la verdad moral del mundo.

Para concluir, cómo creyente en la dignidad humana, pienso que su fuerza no está en su origen cristiano ni en su universalidad occidental, sino en su capacidad de traducir lo sagrado de la vida en lenguaje jurídico. Y mientras haya seres humanos dispuestos a defender esa dignidad —desde cualquier fe o cultura—, los Derechos Humanos seguirán siendo el único lenguaje posible de la esperanza.

 
Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co