Cartagena no esperó a que nadie le diera permiso para ser libre. El 11 de noviembre de 1811, mientras medio continente todavía miraba al cielo pidiendo una señal, la Heroica decidió que ya era suficiente. Que no hacía falta otro papel firmado por un rey distante ni otra orden venida de un imperio que solo sabía mandar. Ese día, Cartagena se miró al espejo y se reconoció a sí misma, mestiza, rebelde, comerciante, altiva y profundamente caribeña.
No fue una independencia con protocolos, fue una independencia con hambre, con tambor, con mulatos y criollos discutiendo en las esquinas de Getsemaní, donde el pueblo ya tenía más conciencia que los notables. Allí se decidió la historia real, entre el ruido del mar y el olor a ron y pólvora.
Y lo más grande, Cartagena de Indias no se independizó para adherirse a nadie. No existía ni Colombia, ni la Gran Colombia, ni la gran nada. Fue un salto al vacío, sin manual ni destino asegurado. Fue el acto más puro de fe política que ha tenido este territorio, creer que la libertad valía más que la certeza.
Cartagena fue la primera en decir “no más” y también la primera en pagar el precio de esa osadía. Porque la libertad, cuando se pronuncia antes que los demás, suele venir acompañada de hambre, de asedio y de muerte. En 1815, el sitio impuesto por Pablo Morillo fue una prueba casi bíblica, tres meses de resistencia sin pan ni agua, pero con un fuego interior que ni los cañones pudieron apagar. Morillo ganó la ciudad, pero perdió el alma, porque Cartagena, aunque herida, ya no volvería a obedecer.
Hoy, cuando celebramos la independencia entre comparsas y desfiles, conviene recordar que el 11 de noviembre no nació para el bullicio sino para la dignidad. Que el verdadero carnaval no está en la música, sino en la memoria de quienes prefirieron morir de pie antes que vivir arrodillados.
Pero al mismo tiempo, ¡que suene el buscapié!, porque si algo se debe celebrar, es el heroísmo de Cartagena de Indias. Que la pólvora ilumine el cielo, no para olvidar la historia, sino para recordarla bailando. Porque aquí la libertad tiene ritmo, tambor y memoria, y en cada chispa que sube al aire, late el corazón de una ciudad que nunca dejó de ser heroica.
Columna: Blosgs
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