Después de la Última Cena, han variado muchísimo las comidas de la cristiandad. En los primeros tiempos se basaban en las costumbres mediterráneas judías; futas, verduras, cereales y legumbres, miel y frutos secos, pescado, poco de carnes, nada de cerdo, y pan como alimento primordial. Practicaban el ayuno con moderación; cuando se fundan los primeros monasterios, la alimentación fue más austera, evitando los excesos, según las Reglas de San Benito de Nursia.
Las festividades religiosas influyeron en la alimentación cristiana antigua. Los llamaron ágapes: fueron comidas comunitarias caracterizadas por la caridad, templanza y unidad; asociadas a la eucaristía, eran ceremonias de agradecimiento y fortalecimiento de la comunidad, evitando excesos y desorden. Como hoy, el pan y el vino representaban el cuerpo y la sangre de Cristo; en determinadas fechas practicaban el ayuno; elaboraban golosinas dulces ligadas a la tradición religiosa. Hacia la Edad Media, especialmente en España, las monjas crearon confituras como las yemas de Ávila, tocino de cielo, suspiros, alfajores, mazapanes y muchos otros. En América esas tradiciones se fundieron con ingredientes y costumbres nativas; el mole mexicano surge de un convento en Puebla; igualmente, los picarones peruanos, variación de los buñuelos españoles, y los suspiros de limeña.
En las altas jerarquías eclesiásticas el boato era la cara opuesta. Inicialmente, la moderación fue regla estricta; con el tiempo, muchos dignatarios cayeron en el pecado de la gula (y en otros excesos, narra la historia). El cisma de Occidente trasladó el papado de Roma a Aviñón y el desenfreno gastronómico llegó al culmen. Los viñedos papales de la Provence originaron el famoso vino Châteauneuf-du-Pape. Durante el Renacimiento, el Vaticano contrató a cocineros famosos como Bartolomeo Scalpi. Sin embargo, la iglesia ayudó para introducir a Europa la despensa americana (tomate, papa o chocolate), y productos islámicos como el agua de rosas o el café. Los grandes banquetes eran rutina; con el tiempo aligeraron las comidas, tal como Paul Bocuse lo propondría siglos más tarde, con la nouvelle cuisine. Actualmente, el Papa come a solas en su apartamento; compartir la mesa significaría igualarle. Una audiencia papal durante la comida obliga al visitante a permanecer de pie y verle comer.
Los espléndidos banquetes papales desaparecieron desde el siglo XIX, y la austeridad rige ahora; quedaron sus cocineros privados, usualmente religiosos de sus propios países. Algunos libros se refieren a las comidas de los Papas: un recetario, The Vatican cookbook exterioriza los gustos de los últimos pontífices, reflejando sus orígenes culturales; otro, Buon appetito, (ambos de David Geisser, chef y miembro de la Guardia Suiza). Los secretos de cocina del Vaticano, de Eva Celada, recorre la historia de la cocina papal desde hace 20 siglos, relatando anécdotas, curiosidades y recetas. Así, Juan Pablo II saboreaba borsch, tradicional sopa polaca de remolacha; Benedicto XVI degustaba la cocina bávara, y Francisco, más frugal, disfrutaba de sus empanadas argentinas y, naturalmente, de ocasionales asados. Con los frecuentes viajes de Papas y jerarcas religiosos hay mayor intercambio multicultural, incorporándose nuevas preparaciones al menú pontificio.
Es evidente la influencia de otras religiones en la gastronomía de sus fieles. Judíos y musulmanes comparten un origen común; dirigen la alimentación judía las leyes de Kashrut, presentes en el Levítico y el Deuteronomio; los alimentos permitidos son kosher y los prohibidos son trefá. Para los musulmanes, el Corán establece las reglas, que se complementan con el Hadith y la Sunnah, enseñanzas de Mahoma acerca de la alimentación. Los budistas cuidan del bienestar propio y del ajeno; mantienen el precepto de la no violencia (no matar, no hacer daño ajeno ni propio) y su alimentación es básicamente vegetariana; fortalece y sana el cuerpo, venciendo el hambre, la angustia y la debilidad. Cuidan los alimentos desde el origen, y estos no deben provenir del engaño o el robo; son orgánicos y ecológicos. Comen sin hacer ruidos, distracciones o acciones molestas. Agradecen al producto y su origen; los alimentos son ofrecidos y consumidos con gentileza y consideración.
Columna: Coloquios y Apostillas
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