Algunos se han declarado sorprendidos por los esfuerzos de los expresidentes Uribe y Gaviria para lograr la unión que enfrente y derrote a Iván Cepeda, el candidato de Petro. Los esfuerzos de ambos expresidentes no es otra cosa de un acto de responsabilidad y compromiso con el país, y el reconocimiento inequívoco de que la izquierda petrista representa una seria amenaza existencial para el país. De ganar Cepeda, el descalabro económico y social está garantizado con todas sus perversas consecuencias, y ni que decir de la ruptura del orden constitucional. No es una exageración lo dicho porque la experiencia histórica demostró que el socialismo es absolutamente incapaz de generar riqueza y bienestar general; de hecho, Marx en su formulación teórica recoge esta realidad.
La sorpresa deriva del ampliamente conocido hecho de que Uribe y Gaviria han en algunos momentos de su vida política han tenido diferencias grandes. Y precisamente la responsabilidad con el país consiste en ser capaces de dejar de lados las diferencias; estar a la altura de las circunstancias. No sorprende porque siempre ha sucedido que el enemigo de mi enemigo sea mi amigo. Caso ilustrativo sucedió en China donde Mao y Chang, siendo enemigos mortales, unieron fuerzas para repeler la invasión japonesa. O como suele decirse por estos lados, la política es fluida.
El llamado e invitación a la convergencia tiene obstáculos que no son menores, comenzando por el mecanismo de selección del candidato, y por lograr consensuar una agenda programática o plan de gobierno. Lo segundo, aunque necesario no es lo principal porque después de Petro toca volver a lo básico para reconstruir el país. Está más que cantado que el próximo presidente tendrá un estrecho margen de maniobra y deberá hacer gerencia de crisis. Las tareas serán titánicas y forzosamente demandarán ajustes que causan dolor social. El mayor obstáculo, sin embargo, es el ego de muchos de los precandidatos que les impide aceptar la realidad de que sus candidaturas son inviables a pesar de que algunos indudablemente tienen los quilates requeridos para ser presidentes, e incluso las opciones mediocres son de lejos mejores que la opción Cepeda. Se necesita un presidente que tenga la capacidad e idoneidad para hacer gerencia de crisis. Del próximo presidente no esperemos milagros, y creo que no estamos para vender milagros.
Un hecho a considerar, y que explica la victoria de Petro en gran medida, es que la calidad de la democracia en Colombia se ha deteriorado grandemente. Pienso, que hoy Colombia no tiene realmente una democracia sino una oclocracia, que no es otra cosa que una democracia degenerada. La oclocracia se caracteriza en que el poder decisorio reside en masas que eligen de manera irracional y en oscuridad. Es un voto ignorante fácilmente seducible por vendedores de utopías. La consecuencia de vivir en una oclocracia es que el marketing político del candidato que enfrente a Cepeda debe estructurarse para ser fácilmente asimilable por las masas y sobre todo, apelando a la emocionalidad, ya que esta última es casi que el único motivador.
Otro obstáculo grande es el espejismo de que el centro es la opción idónea. La realidad es que por definición el centro es incapaz de hacer la gerencia de crisis que el país necesita. El momento histórico no resiste las tibiezas del centro. Sería trágico un gobierno que intente mantener contento a todo el mundo e incapaz de implementar las soluciones dolorosas que demandará el país.
Lo cierto es que el momento nos invita a todos, precandidatos y ciudadanos, a reflexionar seriamente sobre lo que ha sucedido en el país durante el gobierno Petro, el estado de cosas y como vamos a salir del hueco. Los lideres en todas las esferas de la vida social deben asumir la responsabilidad que demanda el país.
Columna de Opinión
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