Hoy muchos se declaran pro-Palestina, pero conviene decir las cosas como son, no hay pro-Palestina, hay pro-Hamas. Y la diferencia no es menor, Hamas no representa al pueblo palestino, lo gobierna, lo controla y lo castiga. Los que desde sus cómodas universidades o calles occidentales hacen bulla, ninguno estaría dispuesto a luchar realmente por ese pueblo, y la mayoría no duraría un solo día bajo las leyes impuestas por el propio Hamas.
Si alguna vez se ha preguntado cómo el nazismo logró apoyo popular en la Alemania de los años treinta, mire alrededor, cientos de miles de personas marchando hoy en nombre de una causa que no comprenden, vitoreando a un grupo que no dudaría en reprimirlos por su forma de pensar, vestir o amar. La historia no se repite, pero rima, y esta vez la multitud marcha convencida de estar del lado correcto.
Lo más curioso, o más bien revelador, es que ni siquiera las grandes potencias árabes y musulmanas permiten esas marchas en sus propios países. Egipto las prohibió y deportó a decenas de activistas que planeaban una “marcha global hacia Gaza”. Libia las vetó completamente. En Jordania, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Túnez, cualquier manifestación pro-Hamas está penalizada o severamente controlada. Y sí, Egipto incluso levantó un muro en su frontera con Gaza que haría palidecer de envidia al mismísimo Trump, una muralla de acero y hormigón, tipo Berlín, pero más alta. Si los países vecinos, los que conocen mejor que nadie el terreno, no permiten esas protestas, qué nos hace pensar que desde París, Bogotá o Buenos Aires entendemos mejor lo que está ocurriendo.
Lo más desconcertante es que gran parte del apoyo viene de países históricamente cristianos, de pueblos que predican la paz y la compasión, pero cierran los ojos ante los abusos de un grupo que niega esas mismas virtudes. Mientras tanto, en Nigeria, más de once mil cristianos han sido asesinados solo en este año, unos treinta al día, según Open Doors International, por el simple hecho de creer en Cristo. Dónde están las marchas, los hashtags, las pancartas, las lágrimas globales por ellos, o acaso la empatía también se volvió selectiva, esa vaina me la van a tener que explicar con plastilina.
Entonces surge la pregunta inevitable, qué nos puede mover a respaldar a una organización que ha hecho del terror su herramienta política, en qué momento la narrativa le ganó a la razón, la consigna al pensamiento, y la emoción al análisis. El sufrimiento palestino es real, doloroso y merece compasión, pero confundir la defensa de una población civil con la justificación de su opresor interno es moralmente inaceptable. No se puede defender la vida desde quienes la destruyen.
El mundo necesita menos gritos y más reflexión, menos pancarta y más criterio, menos masas guiadas por emociones y más ciudadanos guiados por principios. Porque el día que entendamos que no toda causa que suena justa lo es, habremos recuperado el equilibrio perdido entre la justicia y la propaganda, y tal vez entonces la razón vuelva a tener voz.