Más allá de las calificaciones

Columnas de Opinión
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Cuando era niño, veía las películas de Mario Moreno, el inolvidable Cantinflas. Con su humor sencillo decía verdades que uno iba entendiendo con los años. En una, dijo algo que se me quedó tatuada en la memoria: “La misión del educador no solamente es enseñar, sino ahondar en la vida de sus alumnos, porque los niños solamente tienen dos fuentes de aprendizaje: el hogar y la escuela. Si falla una, la otra no funciona.”

Con el tiempo, cobró un nuevo significado para mí. Hoy, desde mi experiencia como docente, pero también como abuelo, padre, tío, amigo y, sobre todo, como alguien que aún cree con firmeza que educar puede transformar el mundo, repito esa frase con más convicción que nunca.

Entonces, en medio de esas reflexiones me surge: ¿realmente estamos educando a nuestros niños para la vida?

Vivimos tiempos acelerados. La tecnología cambia nuestras rutinas y lo que hoy creemos seguro, mañana puede quedar obsoleto. No obstante, la escuela sigue casi igual. Sus muros guardan un método que se resiste al cambio, una forma de enseñar que no ha evolucionado al ritmo del mundo que la rodea.

Confiamos en la educación, creemos en ella. Pero también lo sentimos: no podemos seguir repitiendo fórmulas del pasado cuando el mundo que habitan nuestros hijos poco se parece al que conocimos. Sus desafíos son nuevos, complejos, muchas veces abrumadores. Y aun así pretendemos prepararlos con herramientas viejas, como si eso bastara.

Pensemos en esto: si hoy regresara un médico, un ingeniero, un abogado o un arquitecto de hace cien años, tendría que volver a estudiar. El mundo cambió. Pero un profesor del siglo pasado podría entrar a un aula sin problema. Tablero, pupitres, estudiantes escuchando. El mismo libreto.

Y no es que lo académico no importe. Pero me duele ver cómo lo emocional, lo ético y lo humano siguen quedando en segundo plano. Seguimos midiendo a los estudiantes por sus notas, como si una cifra pudiera resumir su valor, su proceso o sus capacidades.

La educadora Sonia Díez lo dice con claridad: confundimos evaluación con medición. Lo verdaderamente importante —la empatía, la resiliencia, el respeto, la capacidad de escuchar y perdonarse a uno mismo— no cabe en una libreta de notas. Y, sin embargo, son esas las habilidades que más necesitamos para levantarnos cuando la vida nos sacude.

Los padres queremos ver a nuestros hijos triunfar y protegerlos del dolor. Pero a veces, sin notarlo, confundimos amor con control. Intentamos evitarles cada caída, cuando en realidad deberíamos enseñarles a levantarse. No estamos aquí para trazarles el camino, sino para acompañarlos mientras lo descubren.

El hogar es donde se siembran los valores que realmente cuentan. El respeto, la compasión, la capacidad de pedir perdón o de decir “te quiero” no se enseñan con discursos, sino con el ejemplo. Los niños aprenden lo que viven. Y lo que ven en casa lo llevarán siempre consigo. 

Pero también necesitamos que la escuela cambie su mirada. Porque lo que no se cultiva desde temprano puede volverse una carencia difícil de reparar. Podemos llenar a alguien de títulos, pero si no sabe manejar la frustración, si no puede reconocer lo que siente o dialogar sin herir, estará en desventaja frente a la vida.

Daniel Goleman lo dijo con claridad: el cociente intelectual puede abrirte muchas puertas, pero lo que determina si puedes cruzarlas con dignidad es tu inteligencia emocional. Carácter, paciencia, confianza en uno mismo, capacidad de levantarse después de caer… eso también debe enseñarse, no con sermones, sino desde el vínculo, la experiencia, el ejemplo y el acompañamiento.

Necesitamos una educación que forme personas íntegras. Que abrace tanto la mente como el corazón. Que no le tema a la ternura, ni a enseñar el valor de la escucha, la honestidad y la vulnerabilidad.

Porque al final, ¿de qué sirve tener personas más preparadas que un yogur si no saben mirar a los demás con humanidad?

Yo todavía creo en eso. Y por eso escribo. Y por eso enseño.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co