Flexibilidad para tiempos difíciles

Columnas de Opinión
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Intuyo que pocas fábulas son tan profundas y útiles para la vida como El Roble y la Caña de Jean de La Fontaine. Aunque no sea la más famosa de su repertorio, considero que encierra una enseñanza universal.

Me gusta porque cuando era niño, mi padre nos compraba libros de fábulas que cerraban con una enseñanza, y esta era una de ellas. Hoy entiendo que no era por azar: para él, esta historia contenía una verdad esencial. Ahora, siendo padre y abuelo, la he compartido porque estoy convencido de que su mensaje sigue siendo vital tanto para la vida personal como para la convivencia.

Cuenta que a la orilla de un lago crecieron un roble y una caña. El tiempo pasó y el roble se volvió grande y fuerte, mientras que la caña permanecía delgada y frágil. El roble, soberbio, le decía con desprecio que la más leve brisa la hacía doblarse, que nunca podría ser como él, y que ni la tormenta más fuerte lograría derribarlo.

Sin embargo, la vida tiene una forma curiosa de poner a prueba a los arrogantes. Un día llegó una tormenta descomunal. La caña se doblaba humildemente dejando pasar el viento, mientras que el roble, en su arrogancia, resistió hasta que finalmente fue arrancado de raíz. Luego, unos leñadores lo cortaron: lo convirtieron en lecho nupcial y en leña.

Siempre he considerado que este desenlace es una advertencia contundente: quien se aferra a la rigidez y a la soberbia termina por quebrarse. Quienes, en cambio, no luchan contra lo inevitable, podrán ceder y sobrevivir.

La Real Academia Española define flexible como aquello que se adapta con facilidad, que no se sujeta a normas rígidas y que es susceptible de cambios según las circunstancias. Y no es casualidad que, en tiempos turbulentos, la flexibilidad sea la diferencia entre quedarse de pie o caer. Por eso, aún la persivo más actual que nunca.

Por ejemplo, pienso que la pandemia del coronavirus fue una tormenta global que desenmascaró a los “robles” de nuestra sociedad: empresas que se negaron a digitalizarse, profesionales que se resistieron al teletrabajo, líderes que no supieron escuchar ni adaptarse. Muchos de ellos desaparecieron o quedaron irrelevantes. En cambio, las “cañas”, aquellas personas y organizaciones que se doblaron, cambiaron y aprovecharon la crisis como oportunidad, salieron fortalecidas.

Incluso en el ámbito personal, creo que es un espejo incómodo. ¿Cuántas veces nos hemos negado a cambiar de rumbo por orgullo, por miedo o arrogancia, hasta que la vida nos sacude y nos obliga a empezar de cero?

Entonces, estoy convencido que esta historia debería contarse en cada hogar y en cada escuela. No solo para que los niños aprendan que la humildad y la capacidad de adaptación son virtudes, sino para que los adultos recordemos que el poder y la fuerza bruta no son garantía de supervivencia.

Aquí es donde me atrevo a ser contundente: ser flexible no significa ser débil. Significa ser estratégico: entender que no todas las batallas se ganan con fuerza bruta. A veces lo más valiente que podemos hacer es agacharnos, esperar que pase la tormenta y levantarnos de nuevo cuando las condiciones sean favorables.

Además, pienso que tiene un toque provocador: desnuda nuestra vanidad. ¿Cuántas veces nos hemos sentido robles, creyendo que nada ni nadie nos movería, para luego darnos cuenta de que la vida es más grande que nuestro ego? Duele pero también humaniza.

Para concluir, sostengo que Jean de La Fontaine, nos dejó mucho más que un simple cuento moralizante. Nos dejó un llamado a revisar nuestra propia rigidez, nuestra soberbia y nuestra capacidad de adaptación.

Como dijo Demóstenes:

“Cuando una batalla está perdida, solo los que han huido pueden combatir en otra.”

Por eso, insisto con fuerza: doblarse no es rendirse, es sobrevivir para luchar otro día. En tiempos como los que vivimos —llenos de incertidumbre, cambios tecnológicos y crisis sociales— ser caña no es una opción: es una necesidad para seguir en pie.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co