«Nos vemos en Yasukuni!» era la despedida definitiva de los pilotos nipones llamados kamikazes al final de la Segunda Guerra Mundial, cuya misión era la de estrellarse en aviones cargados de explosivos contra los barcos estadounidenses que rodeaban al Japón. Para ellos era una forma honorable de morir por su país; casi todos, jóvenes de poco más de 20 años, permeados por las ideas ultranacionalistas dominantes en esa nación. ¿Qué los motivó a hacerlo?
Era inminente una derrota del Japón que implicaba su rendición incondicional, la cual no aceptó tras la Declaración de Postdam; la guerra había terminado en Europa, y la nación oriental estaba siendo arrasada por los bombardeos estadounidenses. En secreto, los japoneses buscaban la intermediación de la Unión Soviética para negociar la paz con los Estados Unidos sin una rendición total, preservando la estructura imperial vigente y evitar la ocupación extranjera. No obstante, el 6 de agosto de 1945, como una gigantesca ave metálica, el bombardero Boeing B26 bautizado Enola Gay lanzó una especie de huevo violento y demoledor, Little Boy, que devastó a Hiroshima; tres días después, otra ave mortífera gemela de la anterior lanzó su bomba diabólica, bautizada “Fat Man”. Es el único bombardeo atómico registrado en confrontación militar alguna. La tragedia sufrida por Japón cobró alrededor de 220.000 víctimas civiles, entre los fallecidos por la explosión y los muertos por las consecuencias de la radiación; todo un genocidio. Un mes después del infernal bombazo Japón firmaba su rendición.
Nunca se sabrá la cantidad exacta de muertos. Los hibakusha, sobrevivientes al bombardeo nuclear, padecieron distintas y brutales secuelas por la radiación, desde cánceres diversos hasta afectaciones psicológicas severas e insuperables causadas por la pérdida de sus familiares y sus bienes materiales, pasando por la espantosa discriminación social posterior debida a sus deformidades. Por esa causa algunos de ellos se convirtieron en activistas contra las armas nucleares; el hibakusha Terumi Tanaka representa a la organización japonesa Nihon Hidankyo, que recibió el Premio Nobel de la Paz del 2024 para reconocer su labor contra las armas nucleares.
¿Por qué Estados Unidos lanzó bombas atómicas contra Japón? La tenaz resistencia nipona “obligó” al uso del arma endemoniada para acelerar el fin de la guerra; el impacto psicológico impediría más ataques japoneses y los llevaría a la rendición, como en efecto sucedió. Al mismo tiempo, esa demostración de poderío militar era una clara advertencia a la Unión Soviética. Las tensiones no se hicieron esperar, aunque la Guerra Fría había comenzado realmente desde antes de finalizar la Segunda Guerra. De hecho, el físico Georgy Flyorov alertó a Stalin sobre el desarrollo secreto de una “superarma” por parte de las potencias aliadas, la bomba atómica. La respuesta de la Unión Soviética, que había infiltrado al espía Klaus Fuchs en el Proyecto Manhattan, fue no solo una bomba copiada del Fat Man sino el inicio de la carrera espacial y el desarrollo de nuevo, amén del poderosísimo armamento desarrollado por las dos superpotencias.
El temor colectivo por una confrontación de mutua destrucción imaginó mundos apocalípticos tras una guerra nuclear, plasmado en la literatura soviética y estadounidense; el espionaje condujo a las obras de Ian Fleming y Le Carré, y el cine de ambos enemigos exaltaba a sus fuerzas mientras ridiculizaba al contrario. La música protesta aportó lo suyo.
Podemos entender sin aceptar que, a la luz del adoctrinamiento, haya quienes se inmolen por una causa política o religiosa; los kamikazes lo hicieron por devoción al emperador Hirohito como figura divina apelando al código samurai; inclusive, el shintoísmo valora el sacrificio ritual como elemento de purificación. En el caso de los terroristas musulmanes, una mínima fracción de esa religión que de hecho condena la violencia contra los inocentes se explica por distintos factores ideológicos, políticos, sociales y psicológicos. La shahada, “promesa de martirio” es una burda interpretación manipulada del Corán. Lo que no es entendible es un infame genocidio cobarde en nombre de cualquier religión o doctrina política.