¿Dioses o guardianes?

Columnas de Opinión
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El hombre pasó de cazar o pescar para subsistir, a tecnificar la muerte de animales, para comerciar con su carne como si fuera un simple producto. Y entonces me pregunto: ¿qué nos da ese derecho? ¿Qué nos autoriza a imponernos sobre los otros animales que comparten el planeta con nosotros? ¿Acaso somos sus dioses?

No lo creo. Y, es imposible no pensar en los delfines. Su vida familiar, marcada por la inteligencia y la cooperación, es digna de respeto y admiración. Son seres que muestran sorprendentes niveles de empatía y autoconciencia. Sus estructuras sociales complejas, tan parecidas a las nuestras, les permiten vivir en manadas unidas, proteger a sus crías y trabajar juntos para sobrevivir.

Además, no olvidemos la larga historia que los une a nosotros. Son famosos por su comportamiento juguetón, su aparente gusto por las personas y las incontables historias de delfines que ayudan a humanos en naufragios o ataques de tiburones.

Sin embargo —y aquí me duele el alma reconocerlo—, siguen siendo cazados. El caso más notorio ocurre en las Islas Feroe, Dinamarca, donde cada año se celebra el Grindadráp o the Grind, una tradición que se remonta a casi mil años y que todavía se defiende como patrimonio cultural y fuente de alimento.

Lo que para algunos es cultura, para mí y para muchos otros es crueldad. La matanza del 12 de septiembre de 2021, cuando fueron asesinados más de 1.400 delfines en un solo día, fue la gota que rebasó la copa.

Pero no son solo los delfines. También pienso en las ballenas, perseguidas sin descanso en diferentes océanos. Pienso en los tiburones, sacrificados por millones únicamente para cortarles las aletas y arrojarlos al mar a morir lentamente. Y pienso en las vacas, cerdos y pollos, cuya muerte ha sido tecnificada para alimentar un sistema que muchas veces ignora su sufrimiento. ¿No es acaso un espejo de la misma indiferencia?

Me resulta imposible aceptar que estas prácticas sigan ocurriendo en pleno siglo XXI. Porque sabemos que los animales sienten dolor, miedo y emociones complejas. Ignorar esa verdad sería negar nuestra propia humanidad.

Es cierto que la soberanía de los pueblos y el respeto a las culturas locales son factores a considerar. Pero también lo es que tenemos una responsabilidad compartida como especie: proteger la biodiversidad y evitar el sufrimiento innecesario. En mi opinión, la comunidad internacional —con organismos como la ONU y la Unión Europea— no puede seguir siendo espectadora. Se necesitan políticas claras, educación, sensibilización y, si hace falta, sanciones para detener esta crueldad.

Y mientras exigimos cambios afuera, ¿qué hacemos en casa? En Colombia seguimos consumiendo especies en riesgo: el cangrejo azul en Urabá, la tortuga en La Guajira, el chigüiro y el caimán en los llanos, la guagua y la nutria en Antioquia, la iguana en Córdoba y Sucre, los micos, e incluso el manatí y el delfín rosado en el Amazonas. También los pulpos, calamares y camarones obtenidos con pesca de arrastre indiscriminada. ¿De qué sirve indignarnos por el Grindadráp si seguimos cerrando los ojos ante lo que ocurre en nuestro propio país?

Yo lo tengo claro: el respeto por la vida —toda la vida— es el único camino posible. Y aunque sé que no será fácil, estoy convencido de que ninguna tradición ni ningún interés económico puede justificar la crueldad. No somos dioses para decidir quién merece vivir y quién debe morir.

Somos, más bien, los guardianes temporales de esta Tierra. Y como tales, tenemos el deber de actuar. De cambiar lo que consumimos, de educar a las nuevas generaciones, de presionar a los gobiernos y de construir una cultura que valore la vida en todas sus formas.

Si cada uno de nosotros da un paso hacia el respeto y la compasión, podremos empezar a escribir para que futuras generaciones no tengan que leer sobre la caza de delfines, la matanza de ballenas o tiburones, vacas, cerdos o la pesca indiscriminada.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co