Las noticias son desalentadoras; los 185 países reunidos en Ginebra la semana pasada no se pusieron de acuerdo para plasmar un documento vinculante que permita luchar contra la contaminación plástica en el planeta, cada día más grave. ¡Cuán difícil alcanzar un consenso cuando priman intereses económicos y políticos! Ciertos países prefieren que el orbe moribundo acelere su destrucción a renunciar a los ingresos por el uso de plásticos, como si eso representase un seguro de existencia. A todos nos afecta por igual, del mismo modo en que lo hace la contaminación ambiental producida por combustibles fósiles; el efecto mariposa está presente.
Según Agnes Pannier-Runacher, la ministra francesa de Transición Ecológica, “un puñado de países guiados por intereses financieros y no por la salud de sus poblaciones y la sostenibilidad de sus economías, han bloqueado un ambicioso tratado contra la contaminación plástica”. Como ciudadanos sin poder político alguno, compartimos su preocupación; finalmente, somos los afectados por las decisiones de políticos plegados a los grandes intereses económicos. ¿Qué nos espera? Los todopoderosos países petroleros rechazan toda restricción a la producción de hidrocarburos, base de la industria del plástico, así como la prohibición de moléculas o aditivos peligrosos. Así las cosas, la producción de plásticos contaminantes seguirá campante sin que los afectados podamos hacer nada por limitar tan peligrosos productos. Los impuestos a las bolsas plásticas en los supermercados no resuelven el problema.
La cumbre en Anchorage, Alaska, entre Donald Trump y Vladimir Putin relacionada con la guerra de Ucrania y su eventual terminación también fracasó; lo más preocupante es que el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, no fue invitado. ¿Tiene sentido que dos potencias decidan la suerte de un tercer país? Según Trump, hay avances significativos; Putin, a su vez, manifiesta su interés en la terminación del conflicto armado, teniendo de presente la solución de las causas fundamentales que lo originaron. En su campaña presidencial, Trump presentó como objetivo terminar esa guerra, hoy esquiva. Después de la fallida reunión, ni siquiera acordaron un cese al fuego; nada tangible por reportar.
Hace menos de un año se planteó un cese al fuego en Palestina, acuerdo que se rompió muy pronto, dejando a la inerme población civil de la Franja de Gaza expuesta a los cruentos bombardeos de las fuerzas armadas israelíes; decenas de miles de niños, ancianos y mujeres en total indefensión han sido inmolados, mientras continúa la destrucción de edificaciones civiles como hospitales y escuelas. Las partes tienen puntos de vista enfrentados que imposibilitan cualquier acuerdo; los mediadores internacionales han sido ineficientes par detener esa situación y todo apunta a tierra arrasada para erradicar toda vida humana en ese territorio. La ONU, convertida en un organismo decorativo, nada propone para terminar ese horror.
Cuando transcurría la guerra de independencia en Colombia, ya había conflictos internos entre centralistas y federalistas, que continuaron con diversas formas y distintas motivaciones; han sido escasos los momentos de ausencia de conflictos armados, que no la paz. Quizás solo podamos resaltar la tensa calma comprendida entre 1902 y 1928, cuando la llamada masacre de las bananeras reinició los conflictos armados que, a la fecha no cesan. A pesar de numerosos procesos de paz, no ha sido posible la terminación de nuestras guerras; las partes se señalan mutuamente. No se tolera el pensamiento distinto; una de las novelas más representativas de la violencia que parece incrustada en la genética nacional es la de Gustavo Álvarez Gardeazabal: “Cóndores no se entierran todos los días”. La violencia política armada que ejerce León María Lozano es el mecanismo de control en la región; el enorme poder que logra lleva a la corrupción y a la pérdida de humanidad, generando miedo colectivo y, claro, una silenciosa complicidad; un hombre común se convierte en el símbolo del terror.
La inmolación de Miguel Uribe solo sirvió para exacerbar los ánimos y la polarización; Colombia parece condenada a un eterno vórtice de terror mientras los líderes y sus áulicos alejan toda posibilidad de diálogo.