Y con él, como un eco en San Pedro Claver, se nos revolvió la memoria de la época oscura. Esa en la que las calles no eran calles, sino emboscadas, y los noticieros no eran noticias, sino funerales anunciados.
Se murió Miguel y llora la patria. Llora la selva espesa que guarda secretos que nunca se escribieron, y llora el Cabo de la Vela, donde el viento siempre trae noticias de mar y ahora carga con este luto que no sabe a sal sino a pólvora vieja. Llora la patria callada que alguna vez creyó que podía vivir en paz, pero que aprendió que la paz en Colombia siempre viene con cláusula oculta en letra chiquita.
Se murió Miguel, y con él se murió un poco la justicia. Esa que ya venía enferma, con fiebre alta y sin medicinas, aferrada a la vida a punta de vicvaporú y rezos, pero que todavía respiraba con la esperanza de que un día la ley no fuera letra muerta. Hoy esa justicia está más pálida, más cansada, más dispuesta a rendirse.
Pero se murió Miguel… y, paradójicamente, revivieron las ganas de pelear. De no bajar la cabeza. De recordar que la opresión no siempre llega con botas de caucho, sino en traje italiano, firmando decretos y sonriendo para la foto. Se encendió de nuevo esa furia que creíamos domada, esa que arde cada vez que un crimen nos recuerda que aquí matar es tan fácil como olvidar.
El dolor no cabe en esta columna. No cabe en las palabras ni en las páginas, porque se desborda en las calles, en las voces, en los silencios que no se pueden escribir.
¡Mataron a Miguel, carajo! Y no podemos dejar que eso se convierta en una línea más en la larga lista de tragedias que Colombia entierra sin aprender nada. Porque si algo nos enseñaron las muertes de los que se fueron antes que él, es que no se honra a una vida que se apaga con flores, sino con la terquedad de seguir vivos, de seguir hablando, de seguir en la pelea.