Pareciera no habernos dado cuenta que viviendo estamos una época donde partidos, grupos y movimientos políticos exageran las emociones, sus estructuras se empecinan en administrar inercias, así como liderazgos y dirigencias se desdibujan en reacciones, resistencias, rebeldías sin causa, obstrucciones de orden táctico y falta de estrategias que a la postre a nada conducen y entorpecen lo más que positivamente pueda ser.
Atraviesa la política un punto de inflexión. No nos hemos dado cuenta tampoco que ya hoy no basta con ganar elecciones ni ocupar espacios institucionales, sino que el reto verdadero es construir construyendo legitimidad sostenible en tiempos donde el poder se disuelve si no se acompaña de propósitos, rumbos, caminos, senderos, metas y objetivos ciertos; lo que de no ser, de no consolidarse en beneficio colectivo, seguiremos inmersos desafortunadamente en lo inercial del momento y con la voluntad ciudadana desarreglada por intereses personales, que no por convicciones reales. Olvidamos el principio de la realidad; y ello, más que grave, es desastroso.
Razón de peso lo referido para que busquemos todos los necesarios puntos de encuentro y un proyecto que le dé sentido a lo que mejor pueda ser y darse en democracia: más, cuando los sistemas democráticos enfrentados están a la realidad donde la técnica es peste y el relato está ausente. Comunicamos, muchas veces sabemos hacerlo, pero la mayoría de esas veces olvidamos para qué comunicamos; lo que traduce que lo estratégico sin narrativa se mecaniza; y lo técnico sin propósito, termina por agotarse, lo que no es bueno para nada ni para nadie.
Entendamos de una vez por todas que la ciudadanía no espera información sino sentido. Símbolos de futuro; toda vez que no es suficiente administrar lo que hay, sino imaginar lo que podría ser y trabajar con denuedo en tal sentido sin improvisación y más sentido de responsabilidad y compromiso, contexto en que los consultores políticos no solo sirvan para mejorar discursos, sino para aportar en las decisiones mejores y en las superiores soluciones; lo mismo que para cuestionar, construir respuestas que vinculen, ya que sin narrativa no hay legitimidad y sin propósito, no hay liderazgo duradero.
Vienen elecciones y los proyectos políticos deben dejar de lado lo apenas táctico y empezar a reconstruir propósitos, en la certeza y afirmación que hay que entender el poder como un proyecto colectivo, puesto que, de no entenderlo de tal manera, abocados estaremos a la es la desconexión social y de contera al debilitamiento institucional, lo que es grave en manera superlativa.
Urgente es el debate hoy entre liderazgos con propósito y estructuras que sobreviven sin alma; de ahí que el compromiso de los grupos, movimientos, partidos y políticos en general tenga que ser con el ciudadano, no con el poder, además de defender lo que es justo, equitativo y oponerse abiertamente a lo injusto, sin importar quién lo proponga. Gobernar no es sólo ejercer poder, sino ejercer sentido. De eso es lo que se trata.