¿Un llamado a generar opinión sobre la crisis educativa? ¡Sea serio ombe!

Columnas de Opinión
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Así que El Espectador ahora pide voces de opinión para analizar la crisis educativa. ¿En serio? ¿De verdad hay que explicar qué pasó con la educación en este país? La respuesta es corta, la matamos. Y lo hicimos entre todos, felices, con acreditaciones internacionales y discursos de “innovación” que solo sirvieron para enterrar lo poco que quedaba de sentido común en las aulas.

Los colegios dejaron de educar hace rato. Hoy lo único que les importa es perseguir evaluaciones, certificaciones y acreditaciones vacías que no dicen absolutamente nada. “Somos IB”, “tenemos ISO”, “alcanzamos nivel diamante en la prueba internacional de turno”. Y uno se pregunta, ¿y los muchachos saben leer, escribir, pensar, debatir, defender una idea? No, pero saben llenar rúbricas y responder encuestas de satisfacción con caritas felices. De hecho, el alumno o docente que logre convertir una pregunta en dos o tres clases y generar un debate que promueva el proceso educativo… estorba, hay que terminar hoy, no hay tiempo para esas bobadas de enseñar y aprender.

Mientras tanto inventaron la “disciplina positiva”. Que sí, dio positiva… pero para la inutilidad. No se puede corregir a nadie, no se puede exigir, no se puede poner límites porque los pobres niños se pueden traumar. Ahora lo que tenemos son salones llenos de adolescentes intocables que creen que el mundo les debe algo. Y como si fuera poco llegaron las “prácticas restaurativas”. Es decir, el estudiante que agredió a otro no recibe sanción, se sienta en un círculo a “dialogar sus emociones”. Un aplauso para el Ministerio de la Nada, porque logramos que el colegio sea un parque temático del relativismo.

Yo ya he dicho esto hasta el cansancio, los colegios dejaron de ser espacios de formación y se convirtieron en centros de mercadeo educativo. Todo gira alrededor de lo que “vende”: tecnología con pantallas gigantes, proyectos interdisciplinarios que nadie entiende, logos brillantes de acreditaciones extranjeras y promesas de “competencias globales”. Pero a la hora de la verdad no hay carácter, no hay esfuerzo, no hay profundidad académica. Y lo más grave, el docente y el alumno, las dos columnas que sostienen el proceso educativo, pasaron a un segundo y hasta a un tercer plano.

Para rematar, ahora vemos libros de autoayuda con fórmulas mágicas, creadas para adultos o empresas, adaptadas a los colegios… porque, claro, ¿quién puede saber más de educación que un autor que jamás pisó un aula?

Querido Espectador, la crisis educativa no es un misterio que haya que investigar con lupa. Está en la cara, dejamos de enseñar a los niños a ser responsables, a cumplir normas, a trabajar duro y a pensar críticamente. Les vendimos humo disfrazado de pedagogías de moda. Y ahora, cuando llegan a la universidad y no saben escribir un párrafo decente, cuando llegan a una empresa y no saben llegar a tiempo, nos preguntamos “¿qué pasó?”.

Dejémonos de cuentos, o recuperamos la exigencia, la autoridad bien entendida, el rigor académico y el sentido común, o seguiremos formando generaciones de ciudadanos “restaurativos” incapaces de restaurar nada.

Esto es lo más políticamente correcto que mi labor como docente me permite.

Columna: Blosgs e-mail: Antonio.bozzi@gmail.com