Santa Marta no solo celebró su cumpleaños número 500 con eventos culturales y una narrativa histórica renovada. Lo que verdaderamente se sembró en esta conmemoración fue una oportunidad colectiva: una nueva mirada sobre quiénes somos, qué nos duele y qué podemos construir.
Durante décadas, el relato sobre Santa Marta ha estado marcado por una mezcla de orgullo silencioso, crítica resignada y una identidad colectiva a medio nombrar. Pero hoy, con los 500 años, esa historia empieza a tener protagonista: nosotros. Los datos lo muestran. Un sondeo de cultura ciudadana que realizamos en 2024 con la Fundación Tras la Perla demostró que el 78 % de los samarios se sienten orgullosos de su ciudad, un número altísimo en relación con promedios de otras regiones. Lo interesante es que, aunque nos sentimos orgullosos, creemos que los demás no lo están tanto, lo que habla de una brecha emocional y social que podemos cerrar con confianza y trabajo común.
La encuesta que realizamos entre el 6 y el 24 de julio de 2024 no solo midió percepciones: ofrece un norte para abordar el futuro. Permitió concluir que los valores que debemos fortalecer son el sentido de pertenencia, la solidaridad, el respeto, la empatía y la honestidad. También señaló nuestros principales desafíos: la indiferencia de algunas personas, el ruido, el desorden en el espacio público y una profunda disonancia entre cómo nos vemos y cómo creemos que son los demás.
Pero este no es un diagnóstico para la resignación. Es un mapa para la transformación.
Los 500 años dejan algo más recuerdos de días espáciales, aportan capital social. Dejaron conversaciones nuevas sobre el espacio público como símbolo de lo común, sobre cómo nos tratamos en la calle, sobre si recogemos la basura o subimos el volumen. Dejaron la semilla de una ciudadanía activa que empieza a reconocer que no hay cultura sin cuidado, ni ciudad sin civismo.
Ahora sabemos que el 52 % de los samarios cree que los otros son confiables. Esta cifra, por encima del promedio nacional, es oro para construir campañas de cultura ciudadana que apuesten al lazo humano, a la red invisible que nos une. Es hora de transformar el pesimismo en posibilidad, la autocrítica en propósito, el desorden en acción colectiva.
Porque los 500 años no son una postal del pasado. Son una plataforma hacia adelante.
No podemos amar lo que no conocemos. Este medio milenio nos devolvió el amor. Ahora nos toca cuidarlo. Siendo originales desde la identidad, porque como nos enseña Carlos Vives en todo lo que hace: Si queremos ser originales debemos volver al origen.