Cuando el alma también se cansa

Columnas de Opinión
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Hoy tengo 60. Y hay días en que me pesan los años. No hablo solo del cuerpo, aunque sin duda, es el primero en recordármelo. Me levanto y las rodillas ya no responden con la agilidad de antes, el sueño es más ligero y las dolencias físicas ya no piden permiso para quedarse. El cuerpo humano es un registro fiel del paso del tiempo que ahora se manifiesta en la piel, en los huesos, en la sexualidad y en lo lento del movimiento.

Pero más allá del cuerpo, hay algo aún más intrigante: el cerebro también envejece. Las palabras a veces se me escapan, los nombres me juegan al escondite, y la concentración parece tomarse más descansos de los que quisiera. No obstante, también hay una lucidez distinta, una memoria que no se mide por la velocidad de evocación, sino por la profundidad de los recuerdos. El cerebro madura, tal vez no al ritmo que uno desea, pero con una honestidad que impone. Y eso, aunque a veces frustra, también enseña.

Lo que más me inquieta, lo que más me interpela en estos años, es el espíritu. Porque el espíritu también envejece, aunque no tenga arrugas visibles ni exámenes médicos que lo diagnostiquen. A veces me sorprendo sintiéndome cansado no solo físicamente, sino emocional y espiritualmente. Como si hubiera días en que el alma también se negara a levantarse, o se sintiera vieja, no por el tiempo vivido, sino por las batallas acumuladas.

El espíritu envejece cuando uno deja de preguntarse por el sentido, cuando la rutina le gana al asombro, cuando el dolor le arrebata a uno la capacidad de conmoverse. Envejece cuando ya no se quiere luchar por nada, cuando el cinismo reemplaza la esperanza y la resignación toma el lugar de los sueños. Lo he sentido en el desencanto, en la pérdida, en los días grises en los que todo parece estar dicho, cuando ya nada entusiasma tanto como antes.

Sin embargo —y aquí quiero detenerme— no todo está perdido. Creo firmemente que el espíritu también puede rejuvenecer. Que basta una conversación verdadera, una caminata sin prisa, una canción que despierte memorias dormidas o el abrazo de alguien que aún cree en nosotros, para devolvernos algo de esa vitalidad esencial que no depende de la edad. El espíritu se renueva con el amor, con la gratitud, con el perdón. Incluso con la rabia justa que nos mueve a no claudicar ante la injusticia.

No me asusta cumplir años. Me asusta, eso sí, que el espíritu se me muera en vida. Por eso escribo, por eso aún busco, por eso, a pesar del cansancio, me levanto. No soy el mismo de antes, y no quiero serlo. Hoy me importan otras cosas, y aunque me duelen más las ausencias y me cuesta más comenzar de nuevo, también valoro más el tiempo, la calma y las pequeñas certezas.

No creo en el más allá. No creo en el cielo ni en el infierno. No creo que resucitaré. Por eso vivo intensamente, sabiendo que esta vida y este planeta son lo único que tengo. No le temo a la muerte. No porque me sienta invencible, sino porque he aprendido a caminar a su lado sin que me robe el gozo de vivir. Dejó de ser una amenaza cuando comprendí que lo verdaderamente trágico no es morir, sino pasar por la vida sin haberla amado de verdad.

He llorado, he perdido, me he equivocado; pero también he amado, he reído y he leído hasta sentir que el mundo cabe en un libro. Hoy, no cargo con angustia el reloj, porque sé que cada día vivido con sentido le resta poder al miedo de morir. La muerte llegará, como llega el final de un buen libro: no para borrar lo vivido, sino para darle forma. Y si mañana es el último capítulo, lo cerraré en paz. Porque esta vida, breve o larga, me la he gozado con toda la alegría posible.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co