¿Y si el aula no es el problema?

Columnas de Opinión
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Hoy cualquiera reclama que la educación cambie, progrese, se modernice. La critican como si fuera un ente solitario, un organismo unicelular que, por sí solo, pudiera responder a todas las exigencias de una sociedad confundida. Como si la educación fuera una mesa de fritos en una esquina del centro, a la que uno le echa el ají al gusto, le pide más suero o le cambia la papa por yuca según el antojo del momento.

Pero no, señores.

La educación es más bien como una cena elaborada por un chef con experiencia, conocimiento y propósito. Un plato pensado para nutrir, para formar paladar y carácter, no para ser cambiado cada vez que al comensal se le ocurre que está muy salado, muy simple o muy “traumático”. No es cuestión de gusto. Es cuestión de nutrición formativa.

La educación es un sistema hecho de carne y hueso, millones de personas que la sostienen con más voluntad que recursos. Maestros que madrugan y se acuestan tarde, padres que exigen pero no educan, jóvenes que llegan al aula con el alma más saturada que el Wi-Fi, y directivos que deben apagar fuegos con bolsitas de agua. Pedimos que se reforme, que se digitalice, que sea emocionalmente inteligente y académicamente rigurosa… pero ¿nos hemos preguntado si el entorno en el que vive esa educación se presta para todo eso?

Porque, seamos sinceros, no estamos ante una generación de estudiantes perdida. Eso sería fácil de asumir. Lo que tenemos, probablemente, es una de las peores generaciones de padres que se haya visto. Padres ausentes o excesivos. Padres que no quieren ser referentes de comportamiento. Padres que no educan, sino que complacen. Padres que no permiten que su hijo se frustre, repita un año o reciba una regañada sin antes convocar al abogado, al rector y a los medios.

Y no lo digo yo. Lo dicen cientos de estudios, los estudiantes son el reflejo directo del comportamiento que ven o que se permite en casa. De tal palo, tal astilla. ¿Queremos jóvenes responsables, disciplinados y empáticos? Empecemos por ver cuántos adultos a su alrededor modelan eso con coherencia.

Es cierto, la educación debe evolucionar. Pero no puede hacerlo sola, ni de rodillas. Tiene derecho a decir “no”. Tiene derecho a exigir respeto. Tiene derecho a formar, no solo a entretener. Porque si seguimos tratando el aula como una guardería boutique, donde todo debe ser personalizado, flexible y "sin trauma", no estamos educando, estamos criando consumidores emocionales, incapaces de enfrentar la vida. Quizás esto explique el crecimiento desmedido del mercado de la autoayuda.

Educar es un acto de amor, sí, pero también de firmeza.

Y en Latinoamérica lo sabemos bien, a veces hay que hablar duro para que el corazón entienda.

Columna: Blosgs e-mail: Antonio.bozzi@gmail.com