Enemigos mortales

Columnas de Opinión
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Nadie sensato puede decir que lo sorprendió el ataque de Israel a Irán.  Nunca fue una pregunta de si lo harían sino de cuándo lo harían.  Desde la caída del Sha en 1979, la teocracia iraní ha amenazado con destruir a Israel y a Occidente.  Declararon una guerra santa contra el Gran Satán, y esto los ha conducido a ser uno de los principales patrocinadores del terrorismo contra Israel y Occidente.

Por más de cuarenta años han jurado que destruirían a Israel apenas pudieran, y esa capacidad destructiva estaba ya a unos pocos días.  La misma agencia de la ONU, la Agencia de Energía Atómica, encendió las alarmas sobre esto. La evidencia incuestionable del enriquecimiento de Uranio develaba el real propósito de Irán: las armas nucleares para fines bélicos.  Israel y los Estados Unidos se han preparado por años para este escenario, y solo era cuestión de ejecutar el plan. Ayer como hoy es imperativo por el bien y estabilidad del mundo impedir que Irán tenga armas nucleares. 

A Israel las circunstancias y los tiempos para poder atacar a Irán desde una posición de fortaleza se le dieron.  La masacre de los israelíes a manos de Hamas desencadenó una reacción contra todos los grupos terroristas financiados por el régimen iraní: Yemen, Líbano, y obviamente Hamas en Palestina.  La ofensiva militar debilitó enormemente a estos grupos terroristas, haciendo posible atacar a Irán sin tener que confrontar enemigos poderosos desde otros flancos.  

Irán por su parte es un país debilitado económicamente y divido socialmente.  La oposición en Irán es fuerte y está viva.  Solo la represión bárbara y la trampa han impedido que llegue al poder.  Por otro lado, la inminencia de la muerte del hombre todopoderoso por razones de edad, ha generado divisiones entre quienes aspiran a sucederlo.  Los aliados tradicionales de Irán tienen sus propios problemas que resolver y no están en posición de brindarle una ayuda efectiva.  El único que ha declarado abiertamente querer darle apoyo es el líder norcoreano, el mismo al que se le hundió en la inauguración el portaviones que supuestamente haría temblar al mundo; o sea, un socio disuasor poco creíble.  

Tampoco hay que ser ingenuos y entender que Occidente no está unido frente al futuro del régimen teocrático.  Algunos países, como por ejemplo Francia, tiene importantes intereses económicos que peligrarían si hay un cambio de régimen.  Es importante cuando un líder de Occidente fija una posición, preguntarse por qué lo dice y cuales son los intereses en juego.

En este juego de intereses, los que tienen que perder financieramente abogan para que no se procure un cambio de régimen, aunque apoyen la intervención militar para destruir el proyecto de armas nucleares.  El interés primordial en la situación actual, es la supervivencia de Israel, y por tanto todos los otros intereses son menores.  Desafortunadamente, Israel solo puede eliminar, al menos por un buen rato, la amenaza existencial cambiando el régimen, bajo la presunción de que un nuevo régimen cambiaría radicalmente el enfoque teocrático, y de alguna manera retornía a la ruta abandonada en 1979.  Destruir el programa nuclear sin destruir al régimen es como quitarle el cuchillo al asesino y dejarlo ir.  La culebra muere por la cabeza.

Dicho sea de paso, Irán no solo es una amenaza para Israel y Occidente sino también para los árabes sunitas; recordemos la guerra entre Irán e Irak.  

A diferencia de otros países árabes, donde el cambio de régimen llevó al caos y a cosas peores, Irán es un país relativamente sofisticado que hace no mucho tiempo tuvo una sociedad y una economía vibrante bajo el régimen del Sha.  El régimen teocrático debe ser eliminado y este debe ser uno de los objetivos a lograr.

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com