Hay una metáfora que parece escrita para describir a la Colombia de hoy, la de la rana en la olla. No la tiran al agua hirviendo, la meten en agua tibia, y ahí se queda, tranquila. A medida que la temperatura sube, no reacciona, se adapta, hasta que es demasiado tarde, y muere hervida sin entender cuándo comenzó a arder.
Colombia lleva dos años en esa olla, y el fuego que calienta el agua se llama Petro.
Lo que estamos viviendo no es ninguna sorpresa. Gustavo Petro no ha traicionado su proyecto, lo está cumpliendo al pie de la letra. Esto es exactamente lo que anunció desde hace más de treinta años, cuando con el M-19 soñaba con una Colombia refundada, sin partidos tradicionales, sin estructura institucional, sin equilibrio de poderes. Una Colombia que nace del caos, como si destruir todo fuera requisito para comenzar desde cero, como si bastara la rabia para reemplazar el orden.
Muchos decidieron creer en el Petro estadista, el supuesto economista de Bélgica, el salvador de los pobres vestido de Ferragamo para arriba, el presidente que uniría a los opuestos y gobernaría con sensatez. Siempre estuvo claro que debajo de la chaqueta venía el fusil ideológico, que la narrativa no era de reconciliación, sino de revancha, que no buscaba gobernar, sino rehacer el país a su imagen y resentimiento.
El intento de asesinato contra Miguel Uribe Turbay lo confirma. Atacar a un senador y candidato presidencial que representa otra visión de país , la institucional, la republicana, la democrática, no fue un hecho aislado, fue consecuencia directa de un clima político alimentado desde el poder. Petro no dispara, pero enciende, no ordena matar, pero válida al que odia, no baja al crimen, pero lo vuelve comprensible, todo en nombre de la “transformación”.
Y ahora, como si nada, fingen sorpresa. como dice mi tia Elvia, Calcula tu.
Hablaron de “paz total” como si fuera un ideal, lo que montaron fue un sistema de impunidad total. Grupos armados con más poder, mesas de diálogo sin condiciones, y las fuerzas del orden maniatadas por ideología y miedo político. Cada ministro que sale y entra deja un vacío más grande, cada reforma anunciada es humo, cada viaje presidencial es una huida del desastre. No se gobierna, se improvisa, se predica, se tuitea.
Y lo más grave, esto apenas comienza.
El modelo de país que Gustavo Petro pretende no es de bienestar escandinavo, ni de justicia social, es uno de confrontación constante, de enemigos eternos, de lucha de clases reciclada con lenguaje inclusivo. Nada le basta, nada lo convence, nada lo obliga a responder. Él es la causa y la excepción, y todo lo demás es Uribe y su oposición, el imperio, la prensa, la oligarquía, la derecha, el norte, la historia... menos él, él sigue con su bolloneria.
Esto que vemos, es Colombia sin rumbo, violenta, dividida, crispada, emocional, es exactamente lo que Petro y el M-19 imaginaron cuando se tomaron el palacio, no con argumentos sino con armas. Ahora las armas son discursos, decretos, mermelada y Twitter, pero el objetivo es el mismo, romperlo todo, formar un bololò y mandar sobre las ruinas.
Hoy no se trata de quién tuvo razón y quién no, se trata de que el país entero debe reconocer la naturaleza del proyecto que lo gobierna. Lo que está en juego no es una presidencia, sino la idea misma de una república democrática. El tiempo para la ingenuidad terminó, y el país tiene que elegir: o sigue dormido en el agua que hierve, o salta antes de que no quede nada por salvar.