Clausurar la feria de vanidades

Columnas de Opinión
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Comenzó en firme la carrera presidencial, y hay tantos precandidatos, que parece plaza de mercado.  Peor, no se perfila ningún candidato o candidata que uno diga, ese o esa es.  Hasta ahora no hay sorpresas, los mismos con las mismas. 

Algunos candidatos llevan casi una década en campaña, no pegan, pero puede más la terquedad y la ambición.  El camaleón se perfila fuertemente como símbolo electoral.  Por ahí hay uno que ha pertenecido a todos los partidos, y otra que se zangarotea en cuanta fiesta de pueblo hay.

No falta el popular populismo con sus promesas insólitas; y es que claro, Petro dejó la vara muy alta.  Convenció a muchos de que, para ganar, hay que prometer en grande.  Las promesas se hacen para ganar y no para cumplirlas.  Entre las promesas, la más insólita es la de acabar con la corrupción; desde que dejé la adicción al tetero, absolutamente todos, menos Turbay Ayala, han prometido acabarla. El Turco Turbay por lo menos fue honesto y prometió solo reducirla a sus justas proporciones; no hay que exagerar.  Entre otras cosas, hay un nieto del Turco aspirando.  

Y así las cosas, y con esta campaña que promete ser un híbrido entre zoológico y circo, comienza uno a angustiarse y a perder sueño.  No hay partidos, no hay programas, no hay nada sino una colección de mesías variopintos.  Pareciera que lo que está en curso es, entre otras cosas, un proceso de sucesión: nietos de ex presidentes reclamando la herencia.  ¡Así no se puede!

En nuestra tragedia macondiana, que pareciera escrita por Alfred Hitchcock, el mesianismo nos lleva por el camino del sufrimiento y nos mantiene en la inmunda.  Los egos de quienes se creen líderes, sin serlo, no permiten construir país.  Yo soy, nadie más puede sino yo, yo tengo la respuesta, y en últimas a lo Sinatra, o es a mi manera o no es.  Pues, hasta ahora siempre ha sido no es, o mejor dicho, no ha sido…y parece que esta vez tampoco será.  Atrapados en esta historia circular de nunca acabar, y que no acabará hasta que llegue el mesías que no se crea mesías, y que dejando de lado el yoismo pueda construir en colectivo.

Y en la izquierda rancia petrista, parece que nadie quiere con Petro.  Y los que supuestamente dicen que si con la boca, con la cabeza hacen señas de que no.  Y si no me creen, nada más párenle bolas al rey camaleón, Roy Barreras.

A este asunto hay que ponerle orden. Lo primero es clausurar la feria de vanidades y que toda esa parranda de desempleados con ego en esteroides, se bajen del bus porque no van para ningún lado.  Haber ocupado un ministerio o haber tenido un puesto en el alto gobierno no da ni para presidente de junta de copropietarios.  En términos elegantes, decantemos, pero ya.

Y después de haber salido de las maletas, buscar un candidato único que surja de acuerdos programáticos.  Yo voto por programas y no por mesías, o por lo menos me gustaría…me gusta la democracia declamada en poesía.  La historia de terror termina en que siempre nos toca votar por el menos malo.  Todavía tengo sonoras y sudorosas pesadillas pensando en que la vaina era entre Hernández y Petro.

Todavía no me explico cómo me dejé convencer de votar por Hernández. Me han debido cortar la falange del dedo votador, pero salvé la uña, aunque la autoestima aún está en rehabilitación.  Me consuelo pensando que a los que votaron por Petro han debido cortarles la cabeza y todavía andan por ahí muy orondos y dispuestos a repetir la proeza. En fin, que no se diga nunca que la política en Colombia es aburrida.  

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com