La huelga que no fue y la consulta que no será

Columnas de Opinión
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El monumental y estruendoso fracaso de la huelga general convocada por Petro y sus alfiles sindicales, debería ser un mensaje claro para el presidente de que la mayoría de los colombianos no comparte su agenda ni sus métodos extorsivos.  El colombiano quiere que lo dejen trabajar en paz para poder proveer sustento a sus familias.

Quedó demostrado que hoy hay más pueblo que gobierno.  Que Petro, a pesar de lo que dice, no tiene el respaldo de la mayoría de los colombianos, quienes hoy probablemente piensan que el país está en manos de un par de desequilibrados mentales adictos a las drogas.  Problema complicadísimo porque no hay nada más peligroso que ideología en mentes desequilibradas.

Petro carece de la capacidad mental e intelectual para entender la realidad, por lo tanto, es incapaz de proponer soluciones sensatas.  Su terquedad ideológica no le permite escuchar ni negociar con quienes piensan diferente; no hay evidencia que pueda convencerlo de sus errores de juicio.

Insiste en que la consulta popular la convocará por decreto, lo cual es un exabrupto jurídico, que sería corregido por las cortes.  El tema de la reforma laboral, como lo plantea Petro, es una postura ideológica enraizada en la lucha y el odio de clases: hay un explotador, el patrón, y un explotado, el trabajador.  Obviando la etapa de desarrollo económico del país, propone utopías marxistas; es decir, pretende beneficios del primer mundo para una economía del tercero.  Este desfase deterioraría la precaria situación de la infraestructura productiva; deterioro que sería creciente e insostenible, conduciendo al colapso económico.

El alto nivel de informalidad laboral actual, por encima del 60%, es síntoma inequívoco de que el régimen laboral actual frena el crecimiento del país.  Las cargas prestacionales inhiben la creación de empresa.  En la etapa de desarrollo en que estamos, las partes deberían poder negociar libremente las condiciones laborales.  Si el contrato no le sirve a alguien, entonces que trabaje independientemente o busque una situación que se ajuste a sus necesidades y pretensiones.  Es desafortunado, pero para poder avanzar tenemos que convivir por un tiempo con la precarización laboral.  Ya llegará el momento de corregir.

Petro desconoce la realidad porque cree que puede crear una nueva.  Él es estatista y detesta a la empresa privada y a los empresarios, y quiere quebrarlos.  Él cree en que el estado debe ser el dueño de los medios de producción y cree en el estado empresario.  Su visión país es un país de campesinos, implementando un modelo de agricultura de supervivencia. Recientemente dijo: si se le mete tecnología al campo, habrá menos campesinos.  Un modelo totalmente insensato e ineficiente.

Mientras Lula y Boric fueron a China con empresarios, Petro no llevó uno solo, que yo sepa.  Iba el estado y esto era suficiente.  Constatación del desprecio profundo y visceral que siente hacia la empresa privada, que cree es la causa de la desigualdad social. Ahora quiere una retención anticipada de impuestos.  ¡Por Dios!

Sus delirios nos llevan por el camino de que hay que destruir la institucionalidad y el modelo económico porque son un obstáculo para su utopía ideológica.  Y no para mientes en métodos.  La ceguera e intransigencia ideológica no permite negociar con el establecimiento, y entonces Petro ha dedicado su gobierno a vender utopías, humo, y a tratar de imponerlas por la fuerza.  No le importa si sus iniciativas fracasan porque esto le da pie para alimentar la narrativa de que los explotadores, que además son ladrones y corruptos, quieren seguir explotando al pueblo, y que, por lo tanto, la única forma legítima de cambiar esto es con una revolución violenta.  Afortunadamente, el pueblo colombiano no le cree.  Quizás ya aprendimos a mirarnos en el espejo de la tragedia de nuestros hermanos venezolanos. 

Columna de Opinión e-mail: vivesg@yahoo.com