Con esta nota es la cuarta oportunidad en que comento el tema de los viaductos proyectados para la vía Ciénaga-Barranquilla. La recurrencia cíclica monotemática podrá parecer obsesión patológica. Harto vale la pena ganarse el diagnóstico desdoroso por destacar el problema que el asunto entraña.
Para poner al lector en contexto sobre el tema, hago sinopsis: Desde hace decenios surgió en la Costa Caribe seria preocupación por el fenómeno natural llamado depresión costera, con afectación más grave sobre los kilómetros 19, 28 y 59 del carreteable mencionado.
Durante sucesivos periodos el gobierno central trató de contener el embate del mar contra la vía mediante una barrera o empedrado -que si bien hace alguna contención- nunca podrá ser lo suficientemente fuerte para vencer el contumaz ataque de las olas.
Ante la inminente posibilidad de que la erosión fracture la cinta asfáltica, en el mes de marzo de 2022 -administración del presidente Iván Duque- con bastante y justificada ampulosidad publicitaria, se le exhibió a los colombianos el acto solemne de suscripción del contrato para la construcción de tres viaductos en el corredor vial a que estamos haciendo alusión, los que serían levantados en los kilómetros 19, 28 y 59. El valor total del contrato sería de $730.000.000.000, dinero que estaba dispuesto para tal finalidad. En el trascendental episodio participó activamente el senador Antonio Luis Zabaraín Guevara, quien, con énfasis y emoción afirmó que la construcción de los viaductos era la fase inicial de lo que vendría seguidamente: la doble calzada.
La noticia fue recibida con júbilo por las gentes de la región. Pero las albricias se esfumaron prontamente cuando apareció la Anla (Agencia Nacional de Licencia Ambiental) y declaró que la construcción de los viaductos no se podía iniciar porque esa entidad estatal tenía que hacer los estudios previos al otorgamiento de la licencia ambiental y para realizar esos estudios se auto asignó plazo de seis meses. Tal pronunciamiento causó, obviamente, profunda decepción.
Desde la fecha de la divulgación de la firma del contrato hasta ahora han transcurrido tres años y no se percibe en el terreno la iniciación de los trabajos de construcción de los viaductos. Lo que si se ve y se palpa es el avance perseverante de la erosión. La ola que golpea el empedrado protector en el kilómetro 19, y el agua marina que asedia y besa y carcome la base de la carretera en varios segmentos.
Por la arteria asfáltica que comunica a Ciénaga con el corregimiento de Palermo, y a este con Barranquilla, puente sobre el río Magdalena en medio, transitan, diariamente, 13.000 vehículos de diferentes especificaciones, marcas, modelos y usos.
En ese trayecto de aproximadamente setenta kilómetros se mueve una enorme actividad regional y nacional. Si llegare a colapsar el terraplén por donde ruedan los automotores, estaríamos presenciando una hecatombe social y económica de enorme magnitud.
Pendiendo, a manera de espada de Damocles, semejante amenaza, es pertinente preguntar: ¿qué pasa con la licencia ambiental que debe expedir la Anla? ¿Por qué tanta demora? ¿Es necesario que ocurra el desastre natural, con sus nefastas consecuencias, para que se construyan los viaductos? ¿Están disponibles todavía los $730.000.000.000 destinados para la infraestructura elevada contratada o se evaporaron por arte de magia bribona? Es urgente que la Costa Caribe cohesionada se haga respetar y exija la construcción inmediata de los viaductos. Y la doble calzada.