El Mesías Sabanero

Columnas de Opinión
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En cada época hay hombres que se creen enviados por el destino para redimir a su pueblo. Algunos dejan huella en la historia, otros se diluyen en la grandilocuencia de sus discursos. Y luego está Gustavo Petro, quien, atrapado en la contradicción entre sus ambiciones mesiánicas y su total incapacidad para gobernar, ha convertido a Colombia en el teatro de su drama personal.

Su tragedia es la de un hombre que se cree destinado a cambiar el rumbo de la humanidad, pero que no es capaz de manejar ni su propia agenda. Sueña con salvar el planeta del capitalismo, pero no puede salvar su propio gobierno de la desorganización y el caos. Habla de paz total, pero su país se le desmorona entre masacres, corrupción y un desgobierno que deja a la población sumida en la incertidumbre.

Lo vemos en la ONU, con la mirada en el universo, hablando de expandir la vida entre las estrellas, mientras en Colombia, su administración se desmorona entre escándalos y falta de dirección. Su hijo, envuelto en dineros turbios, su esposa de gira con un equipo de estilistas a costa del erario, y él mismo, incapaz de cumplir una cita a tiempo porque, al parecer, el presidente no madruga. ¿Cómo esperar que gobierne un país quien no puede ni organizar su día?

Petro se imagina un revolucionario, pero es apenas un predicador perdido en su propio dogma. Confunde ideología con gestión, discursos con resultados, victimismo con liderazgo. Su narrativa es siempre la misma: él es la víctima, el incomprendido, el elegido que lucha contra un sistema opresor que no le permite desplegar su genialidad. Y mientras tanto, los colombianos de a pie, aquellos que ni saben que existe la marca de zapatos que el usa, los que trabajan, producen y sostienen el país, deben lidiar con el desempleo, la inseguridad y un país que "avanza" a la deriva.

La verdadera tragedia no es la de Petro, sino la de Colombia. Un país rico en talento, en historia y en posibilidades, pero que hoy es dirigido por alguien más preocupado por su imagen global que por el bienestar de su gente. Un presidente que pretende ser un líder mundial, pero que apenas puede gobernar su propia administración.

El problema de Petro no es su falta de ambición, sino su total incapacidad para aterrizar sus sueños en la realidad. La política no es poesía ni prédica, sino gestión, toma de decisiones y responsabilidad. Y ahí, en lo concreto, en lo urgente, en lo realmente  importante, Petro ha sido un fracaso rotundo.

Colombia no merece ser el escenario de su tragedia personal. Merece un gobierno real, no una obra de teatro con pretensiones de epopeya.

Columna: Blosgs e-mail: Antonio.bozzi@gmail.com