Colombia tiene una larga tradición de novelas políticas, pero la última temporada del show de Gustavo Petro ha superado todos los récords de audiencia. Consciente de que su reelección es un sueño imposible y sin un heredero político viable, el presidente decidió montar una puesta en escena más sobreactuada que un villano de telenovela de Telecaribe. Vamos a ser tanto el oficialismo como la oposición al mismo tiempo.
El guion estaba claro: tú le pegas a este, aquel responde, el otro se indigna, y así sucesivamente. Como en el guaguancó, pero sin el compás: Songo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernabé, aunque sin la maestría ni el ritmo de esa joya musical. En esta versión criolla, en cambio, todo parecía sacado de la peor lucha libre mexicana, con llaves mal ejecutadas y caídas que no las cree ni el más inocente pelaito. O como dicen en mi pueblo, ni Pedro el de Biatra, aquel noble caballero que se tragaba las mentiras de su señora Beatriz.
En un país donde la realidad supera la ficción, nos hicieron creer que había un enfrentamiento feroz entre los altos funcionarios del gobierno, como si de verdad se estuvieran atacando, como si de verdad fueran altos funcionarios. Pero, ¿alguien en su sano juicio puede tragarse el cuento de que la crisis de gabinete, las peleas mediáticas y las renuncias teatrales son espontáneas? Por favor. Eso estuvo más ensayado que comparsa infantil.
El clímax del espectáculo llegó cuando todos se unieron en un mismo objetivo: linchar a Benedetti. El mismo que hace unos meses era el estratega de confianza, al que la mayoria le debe el puesto, el operador político de las sombras, pasó de ser el artífice a convertirse en el chivo expiatorio. Y ahí estaba Petro, con su carita de "yo no fui", mirando el naufragio de su aliado, maestro y compinche con la frialdad de quien ha planeado todo. "Me ahogo con él", dice con dramatismo. Pero si algo hemos aprendido en la política colombiana es que aquí nadie se ahoga de verdad; a lo sumo, se cambian de chaleco salvavidas.
Lo triste no es que la gente siga esta farsa con la misma fascinación con la que se sigue un reality show, sino que el verdadero problema sigue sin resolverse. Mientras los medios analizan cada frase de la “pelea” y las redes se llenan de memes, pocos se preguntan lo esencial: ¿Cuánto cuesta este circo? ¿Cómo se están repartiendo la taquilla? Porque una cosa es clara: aquí los únicos que no están en la función somos los ciudadanos, pero sí nos cobran la boleta.
Así que, en lugar de perder el tiempo en este ensayo mal escrito, mejor pongamos la lupa en lo que realmente importa: los payasos pueden cambiar, pero el dinero que desaparece siempre sigue el mismo camino.