Disciplina Restaurativa (disciplina positiva peinada para atrás), el nuevo nombre de lo mismo

Columnas de Opinión
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Hace poco hablábamos de la disciplina positiva. Esa maravillosa tendencia que prometía convertir nuestras aulas en espacios de diálogo y comprensión, pero que en la práctica dejó a más de un maestro con úlceras y a más de un estudiante convencido de que las reglas son sugerencias. Ahora llega con nuevo empaque y un nombre fresco, prácticas restaurativas.

Si hay una señal clara de que algo no funciona, es que constantemente hay que cambiarle el nombre para seguir vendiéndolo. La educación es experta en este truco. Lo que ayer fue aprendizaje basado en proyectos, luego fue metodologías activas, después flipped classroom y ahora es aprendizaje experiencial. Todo cambia para que todo siga igual.

Nos dicen que la disciplina restaurativa es la solución definitiva porque castigar está pasado de moda y lo realmente revolucionario es dialogar, reflexionar y reparar el daño. En teoría suena maravilloso. El infractor comprende su error, la víctima siente que se hace justicia y la comunidad educativa se fortalece. En la práctica el maestro tiene que hacer de juez, terapeuta y negociador de la ONU, mientras el estudiante aprende que siempre hay una segunda y tercera y cuarta oportunidad sin consecuencias reales.

Pero hay algo que esta tendencia parece olvidar. No siempre quien ha sido abusado o maltratado quiere salir a resolver. Eso es un proceso personal que a algunos les toma tiempo. Cualquier experto sabe que enfrentar de inmediato a una víctima con su agresor muy probablemente termine en revictimización. Pero claro, la teoría dice que todo se soluciona con diálogo y círculos de reconciliación. Lástima que la realidad no funcione así.

El problema con estas modas pedagógicas es que ignoran un pequeño detalle, la naturaleza humana. Creer que todos los niños y adolescentes van a ser agentes racionales de su propio cambio después de un círculo de diálogo es cuando menos optimista. A veces el castigo no es violencia, sino una lección necesaria. A veces el problema no es el método, sino la falta de límites claros.

Pero no se puede decir esto en voz alta porque suena anticuado, casi herético. En la educación moderna la severidad es opresión y la autoridad es un concepto tóxico. Así que seguiremos viendo cómo las mismas ideas fallidas se reciclan con nombres más atractivos, mientras los maestros intentan con los pocos recursos que les quedan sostener una estructura que cada vez tiene menos cimientos. Tiempo al tiempo. Cuando la disciplina restaurativa empiece a mostrar sus fallas, aparecerá una nueva versión con otro nombre, otro libro de moda y otro gurú educativo explicándonos que ahora sí hemos encontrado la clave. Porque en la educación moderna todo cambia para que todo siga igual.

Y mientras tanto seguimos sin abordar lo realmente importante. Qué es lo que tiene a nuestros jóvenes desestabilizados. Por qué la ansiedad y la depresión han crecido tanto. Cómo influyen las redes sociales, el uso del teléfono y la inteligencia artificial en su desarrollo. Aquí parece estar la verdadera crisis, pero curiosamente la tendencia actual apunta en la dirección contraria. No más apertura, sino prohibición. Se habla de restringir el uso de celulares en las escuelas, de regular el acceso a plataformas, de limitar el contacto con la tecnología. ¿Y las prácticas restaurativas con respecto a esto? ¿Aquí no aplican? ¿Aquí no hay diálogos, no hay círculos? ¿Qué fue? Parece que el enfoque restaurativo solo funciona cuando conviene, pero cuando se trata de la tecnología, la única solución es prohibir. Y si la respuesta a una crisis es hacer exactamente lo contrario de lo que se predicaba, quizás la verdadera tendencia sea la confusión.

Qué tal si cada institución desarrollara una política propia basada en la realidad de su contexto, con los docentes y estudiantes acordando cómo manejar ese tema. Ah, pero eso no hay quien lo certifique. Eso no hay a quién pagárselo. Además, ¿qué pueden saber los docentes de su oficio diario? Obvio nada. Necesitan que alguien que no sabe ni el nombre de sus estudiantes los guíe. Irónico, ¿no?

Columna: Blosgs e-mail: Antonio.bozzi@gmail.com