La verdad es que, en muchas ciudades de Colombia, donde la vida es dura y la calle una trampa constante, no todos los jóvenes tienen la oportunidad de encontrar un lugar seguro. Pero hay quienes, de algún modo, logran encontrar en la creatividad una vía de escape. El arte se torna en una especie de armadura, en un escudo que los protege de las sombras que parecen acechar en cada esquina.
Imagino esos espacios sostenidos por el Estado o por las universidades: lugares donde los jóvenes pueden cantar, escribir, bailar o simplemente conversar. Pienso en estos lugares y veo más que simples talleres; veo refugios. Para muchos jóvenes, sumergirse en una actividad cultural es un salvavidas. En esos momentos, sus mentes encuentran un respiro, una pausa para olvidarse del peligro de las drogas, de la delincuencia que acecha.
En un estudio reciente realizado en Medellín, el investigador Julián Muñoz Tejada, de la Universidad de Antioquia, exploró cómo el RAP y otras formas de expresión permiten a los jóvenes construir una identidad distinta, un sentido de pertenencia que la aleja de los peligros que enfrentan en su día a día. En sus palabras, la hipótesis inicial que sugería que el arte y la cultura pueden proporcionar una seguridad cotidiana se confirmó. Es decir, estos jóvenes, al hallar un espacio donde se les reconoce y se les da valor, encuentran una alternativa a las bandas que les ofrecen reconocimiento rápido y dinero fácil. Porque, aunque el crimen organizado les asegura una salida a través de una obediencia ciega, la disciplina artística pide esfuerzo, les exige compromiso y, sobre todo, les da algo mucho más profundo: la posibilidad de construir una vida propia.
Ahora bien, no basta con una intervención esporádica o un taller aislado. Para que estos espacios realmente sean efectivos, deben ser duraderos. No pueden limitarse a eventos de un par de días o a cursos ocasionales; deben ser lugares que los jóvenes sientan como propios, que extrañen, que sean una constante en sus vidas. Para algunos, estas actividades son el único lugar donde se sienten parte de algo, una familia alternativa que los valora por lo que aportan como personas. Es allí donde el deporte, la música, el teatro o la poesía se convierten en un acto de resistencia.
Y es que cuando un joven recibe reconocimiento en uno de estos espacios, el efecto es profundo. Ser valorado y admirado por algo positivo, por una canción, un poema, una pintura, les da un motivo de orgullo que no siempre encuentran en sus familias o en su comunidad. No exagero al decir que, para muchos, estos espacios pueden representan la única fuente de reconocimiento real en su vida.
Aun así, la realidad nos muestra que hay una competencia desventajosa entre el arte y las bandas criminales. Estas últimas ofrecen un reconocimiento inmediato y un acceso fácil a dinero. Para los jóvenes, muchas veces, es difícil resistir a esa tentación. Pero, aunque la práctica artística no garantiza una recompensa económica rápida, ofrece algo mucho más valioso: una comunidad, una red de apoyo, un grupo de personas que enseña, corrige y acompaña.
La cultura, entonces, deriva en una forma de rescate, en una puerta hacia la educación y, en algunos casos, en un trampolín hacia la universidad y las carreras profesionales. Los jóvenes que pasan por estos espacios de expresión no solo desarrollan habilidades; crean un círculo virtuoso. Son ellos mismos quienes, en el futuro, podrán volver para enseñar, para inspirar a otros como alguna vez alguien lo hizo con ellos.
Así, estos espacios se transforman en semillas que germinan en lugares donde el peligro es una constante, donde la falta de oportunidades limita los sueños de muchos. No se trata solo de datos, de estadísticas de seguridad; se trata de darles algo que trasciende. Porque el arte no es solo una actividad; es un motor de cambio social, una promesa de que otra vida es posible.