El consumo de alcohol genera una serie de problemas personales y sociales que afectan a muchos individuos. Es común que aquellos que consumen bebidas alcohólicas, en algún momento de sus vidas, se vean envueltos en situaciones desafortunadas relacionadas con el exceso.
En ese contexto, es común que muchos lleguen a pensar que, al haber participado en varias fiestas o parrandas sin incidentes han logrado convertirse en bebedores sociales responsables. Este razonamiento, aunque frecuente, puede ser engañoso, pues el hábito de consumir alcohol sin consecuencias inmediatas no necesariamente implica un manejo saludable de la bebida. La percepción de control sobre el consumo puede desvanecerse de manera abrupta en situaciones inesperadas, dejando en evidencia los riesgos que siempre están presentes.
Sin duda, uno de los mayores tormentos psicológicos que pueden surgir del exceso es despertar sin recordar lo sucedido la noche anterior. Este vacío en la memoria, donde se desconoce cómo se llegó a casa o quién nos llevó, genera una profunda inquietud. La mente se llena de preguntas sobre el propio comportamiento durante el estado de embriaguez, especialmente cuando esos momentos enlagunados dejan solo incertidumbre, y surge el miedo de haber actuado de manera inapropiada o irresponsable.
A menudo, cuando las situaciones problemáticas como peleas o agresiones durante una fiesta no escalan más allá de incidentes menores, todo parece resolverse con la disculpa y el perdón de los amigos. Este acto de reconciliación suele servir como un paso temporal para dejar atrás los malos momentos y continuar la parranda en la siguiente ocasión disponible. Sin embargo, la repetición de este ciclo refleja una normalización del consumo excesivo, restando importancia a los posibles daños que pueden surgir a largo plazo.
En esos momentos críticos, cuando los problemas escalan, la realidad se vuelve aplastante. Un ejemplo es tomar la irresponsable decisión de conducir bajo sus efectos al salir de una fiesta. Las consecuencias pueden ser devastadoras, como un atropello que termine en tragedia. El despertar no será en la comodidad del hogar, sino en el calabozo de la policía, enfrentando un escenario legal y emocionalmente devastador. O, como dice Rubén Blades: a la eternidad.
Además, los problemas derivados de los celos son, sin duda, uno de los elementos más inflamables en las situaciones de embriaguez. Estos episodios suelen desencadenar confrontaciones que escalan con rapidez y, por lo general, terminan en conflictos graves. Asimismo, cuando el exceso nubla la razón y el ambiente se torna acalorado, el riesgo de que alguien resulte herido aumenta considerablemente, llevando a situaciones lamentables que, en muchos casos, podrían haberse evitado con responsabilidad y moderación.
En esas ocasiones típicas de las parrandas colombianas que terminan con muerto incluido muchas veces debido a los celos del agresor; surge que a través del Código Penal los casos de homicidios derivados de episodios de embriaguez, los abogados suelen basar su defensa en que el acto se cometió bajo ira o intenso dolor o en la inimputabilidad si la persona no comprende la ilicitud de sus actos. Sin embargo, la Corte Suprema ha determinado que la embriaguez aguda no se considera un trastorno mental que exima de responsabilidad penal, y la inimputabilidad debe ser determinada por el juez.
En síntesis, la frontera entre ser un bebedor social y un alcohólico es más delgada de lo que parece, casi invisible. Mientras la vida transcurre entre copas en reuniones y celebraciones, pocos se percatan de cuándo el alcohol deja de ser un simple acompañante para convertirse en el eje de la vida de una persona. El momento en que se cruza esta línea no siempre es evidente, pero las consecuencias son devastadoras: la familia sufre, el cuerpo se deteriora, y la vida misma se desmorona bajo el peso de una adicción no reconocida. El alcohólico dentro de la familia a menudo incapaz de reconocer el problema, sigue una espiral destructiva que deja huellas de irresponsabilidad, maltrato, agresión verbal y, en casos extremos, violencia física.