El vaso medio lleno o medio vacío ha sido una constante en las charlas y conferencias de superación personal, particularmente en sociedades latinas. Este concepto, aparentemente simple, se utiliza como símbolo de optimismo o pesimismo, una herramienta rápida para medir la actitud de una persona ante la vida. Sin embargo, cuando se aplica a la experiencia humana de la mediana edad — como en las anglosajonas— su significado se profundiza y complejiza. No solo refleja una forma de interpretar la realidad, sino también una manera de lidiar con el paso del tiempo y las expectativas que quedan de vida.
Ver el vaso medio lleno es una invitación a enfocarse en lo positivo, a abrazar la resiliencia y a encontrar oportunidades donde otros solo ven obstáculos. Para los más jóvenes, esta perspectiva suele resonar, ya que el horizonte vital todavía parece amplio, con muchas metas y sueños por conquistar representando un futuro prometedor con más años por vivir que los vividos.
Pero ¿qué ocurre cuando nos queda menos años por vivir que los vividos? En este momento el vaso puede transformarse en medio vacío, y la percepción del tiempo se convierte en un factor clave para interpretar el presente y el futuro. Ya no se trata solo de lo que se puede alcanzar, sino de lo que se ha dejado atrás y de cómo enfrentar la inevitable realidad de cálculos matemáticos de vida. Acá calculamos, por ejemplo: no me puedo morir con mis nietos tan pequeños. ¿Qué va a ser de ellos sin mí?
El simbolismo en la cúspide de la vida revela no solo una elección de actitud, sino también una forma de lidiar con el envejecimiento y con la proximidad de la muerte. Cuando somos jóvenes, miramos al horizonte y vemos la cuesta hacia arriba: más tiempo para crecer, más caminos por recorrer. Pero, a medida que envejecemos, esa cuesta se vuelve descendente, llevándonos lentamente hacia el final inevitable.
El problema de este enfoque es que no siempre toma en cuenta el impacto emocional y psicológico de darse cuenta de que los años por vivir son menos. El envejecimiento trae consigo la pérdida de seres queridos, la confrontación con la propia mortalidad y la angustia de las metas no alcanzadas. El vaso medio vacío, en este sentido, no es una señal de derrota, sino una representación más honesta de las emociones que acompañan esta etapa de la vida.
Considero que no todo puede reducirse a optimismo o pesimismo, a éxito o fracaso. La vida en la mediana edad, y más allá, es mucho más compleja que una simple elección de actitud. En lugar de insistir en que siempre se debe ver el vaso medio lleno, tal vez sea más útil reconocer que está como debe estar. Aceptar que vamos a morir y encontrar paz en lo que ya se ha logrado puede ser una forma más saludable de lidiar con el paso del tiempo.
Intuyo que también está profundamente vinculada a nuestra relación con la mortalidad. Aquellos que aún tienen más años por vivir que los vividos, tienden a postergar la reflexión sobre la muerte. En cambio, para quienes sienten que la pendiente de la vida los está llevando hacia el final, la relación con la mortalidad se vuelve más íntima y presente. Este cambio en la percepción del tiempo puede generar tanto una crisis como una oportunidad de reevaluar lo que realmente importa.
En síntesis, la esperanza de vida en Colombia es de aproximadamente 78 años. Hasta los 39 años podemos ver el vaso medio lleno, pero a partir de ahí, es posible que lo percibamos medio vacío debido a que nos quedan menos años de vida. Sin embargo, no se trata únicamente de mantener una actitud positiva, sino de encontrar paz en lo que queda por vivir. El verdadero desafío radica en cómo enfrentamos la inevitable realidad de que, en algún momento, el vaso de la vida se vaciará por completo.