Entre el bienestar y el control

Columnas de Opinión
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En los debates contemporáneos sobre la seguridad, varios conceptos clave han emergido. Acá deseo traer la seguridad humana y la seguridad neoliberal. Ambas reflejan enfoques muy diferentes sobre cómo las sociedades abordan el bienestar y la protección de sus ciudadanos.

Por un lado, la primera, pretende centrarse en las personas, en su desarrollo y sus derechos; mientras que la segunda, tal como se analiza en el libro Metropolice, prioriza el control social y la gestión de los riesgos en el contexto urbano neoliberal. A mi parecer, estas dos visiones reflejan una tensión fundamental sobre cómo debe ser entendida y aplicada en nuestras sociedades.

Tal como lo expone el profesor de la universidad de Antioquia, Julián Andrés Muñoz Tejada, en su artículo: Usos políticos del concepto de seguridad humana, el concepto ha sido apropiado de diversas maneras, tanto para promover el bienestar como para justificar intervenciones en países considerados fallidos o subdesarrollados. En mi opinión, lo correcto sería centrarse en garantizar el bienestar colectivo.

Sin embargo, no podemos ignorar que, en muchos casos, ha sido instrumentalizada por actores poderosos para mantener relaciones de control y dominación. Esto es particularmente evidente en la doctrina de la responsabilidad de proteger, que ha sido usada para legitimar intervenciones militares en países con graves violaciones de derechos humanos. Si bien estas intervenciones pueden parecer justificadas en nombre de la protección de las personas, es evidente que muchas veces se actúa en beneficio de intereses geopolíticos, dejando de lado los principios emancipadores. En este sentido, comparto la preocupación de que cuando es manipulada, se convierte en una herramienta para mantener el control en lugar de un medio para garantizar el bienestar.

Por otro lado, Metropolice nos ofrece una crítica poderosa a la forma en que las políticas securitarias, especialmente en las ciudades neoliberales, están diseñadas para gestionar y controlar los espacios y las personas. Este control no solo se enfoca en la seguridad física, sino en la vigilancia constante, la reconfiguración de los espacios urbanos y la gestión de las emociones, de modo que la presencia policial se sienta como una parte innegociable de la vida cotidiana. A través de esta lente, ya no es solo la protección contra el crimen o la violencia, sino una lógica de gobierno que reproduce las desigualdades sociales y económicas, donde se convierte en una herramienta para legitimar la intervención constante en la vida de los seres humanos.

En este sentido, el libro señala acertadamente que la gubernamentalidad neoliberal precariza la vida de los habitantes al no atacar las causas estructurales de la inseguridad. Esto es particularmente alarmante cuando entendemos que esta forma se utiliza para proteger intereses económicos, como los grandes eventos deportivos o empresariales, donde se convierte en una mercancía, priorizada sobre el bienestar de los ciudadanos comunes. Considero que la visión es sumamente problemática, ya que socava el concepto mismo de un derecho universal y lo convierte en un privilegio reservado para algunos.

Para concluir, es evidente que existe una tensión constante. Si bien la seguridad humana puede ser un camino para garantizar los derechos y el bienestar de las personas, su instrumentalización por actores poderosos ha llevado a su distorsión. Por otro lado, la seguridad neoliberal se presenta como una forma de control que busca proteger los intereses del capital a costa de los más vulnerables. Intuyo que el desafío está en encontrar un equilibrio que permita implementar políticas que realmente protejan a las personas.

De todas maneras, siempre he creído que la seguridad absoluta no existe. Los sistemas de control y las políticas parecen estar diseñados para mantener siempre una sensación de riesgo y precariedad.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co