Punto final a la época de la violencia

Columnas de Opinión
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En la novela Viento Seco de Daniel Caicedo, se ofrece una representación perturbadora de la violencia partidista que devastó a Colombia entre 1948 y 1958. Este periodo, conocido como La Violencia, estuvo marcado por un conflicto entre conservadores y liberales que trascendió la política para convertirse en una auténtica guerra de exterminio. La obra revela con una crudeza escalofriante los horrores vividos por aquellos que fueron perseguidos por sus ideas políticas, bajo un Estado que, respaldado por paramilitares conocidos como pájaros y chulavitas, llevó a cabo una campaña sistemática de exterminio contra los ciudadanos de tendencia liberal.

En los hechos narrados se describe la violencia extrema ejercida sobre hombres, mujeres y niños y no son solo relatos de ficción, sino un reflejo de una realidad histórica. Sin embargo, considero que este tipo de testimonios son fundamentales para mantener viva la memoria de lo sucedido y para insistir en la necesidad de justicia. La violencia descrita no es distinta de las atrocidades que hemos visto en otros conflictos internacionales, como los ocurridos en Ruanda, Yugoslavia o Sierra Leona. En todos estos casos, la comunidad internacional ha intervenido para llevar a los responsables ante la justicia, y Colombia no debería ser la excepción.

Desde mi punto de vista, el Derecho Internacional Humanitario sigue siendo una herramienta relevante para denunciar las violaciones cometidas durante este periodo. Es necesario que se reconozcan las graves infracciones a los derechos humanos que tuvieron lugar, y que se explore la posibilidad de llevar al Estado colombiano ante un tribunal penal internacional ad hoc. No debemos olvidar que el DIH existe precisamente para proteger a las personas durante los conflictos armados y para evitar que se repitan horrores como los vividos en esa época.

Por otro lado, es imperativo señalar el papel de la iglesia católica en este conflicto. La justificación religiosa para la eliminación de liberales resalta la necesidad de una revisión crítica del rol en la historia de Colombia. Considero que es hora de que asuma su responsabilidad y que los partidos políticos implicados en esta guerra bipartidista sean marginados de nuestra vida democrática.

De hecho, la violencia descrita en la novela no es solo un recuerdo de un pasado doloroso, sino un llamado a la acción. La memoria histórica no puede ser borrada, y es responsabilidad del Estado y de la sociedad colombiana garantizar que se haga justicia para las víctimas de este conflicto. Lo narrado es un testimonio elocuente de la necesidad de que los responsables, tanto estatales como no estatales, rindan cuentas por sus crímenes. Solo entonces podremos avanzar hacia una paz total, verdadera y duradera en Colombia.

La narrativa no solo es una representación literaria de un período oscuro en la historia de Colombia, sino también una denuncia explícita de la violencia sistémica que se perpetuó bajo la complicidad de las autoridades estatales y religiosas. La brutalidad con la que se ejecutaron los crímenes, descrita con un realismo crudo, pone de relieve la deshumanización total a la que se sometieron ambos bandos. Las escenas de tortura, mutilación y asesinato que relata no son meramente episodios de barbarie, sino una muestra de cómo el poder se ejerce a través del terror cuando se abandona la justicia y se desprecian los derechos humanos fundamentales.

Considero que es necesario reflexionar sobre las implicaciones legales y éticas de estos hechos. Desde el punto de vista del Derecho Internacional Humanitario, los actos cometidos durante este conflicto deben ser clasificados como crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Estas violaciones no solo rompieron el tejido social, sino que dejaron cicatrices profundas en la nación, cuya sanación sigue siendo un reto en la actualidad. En este sentido, resulta imprescindible que se abra un debate sobre la posibilidad de establecer mecanismos de justicia transicional que permitan no solo la reparación de las víctimas, sino también la sanción efectiva de los responsables. Solo así habrá un punto final en la historia sin fin de la guerra en Colombia. 

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co