Exterminio y esperanza de justicia

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Smaller Small Medium Big Bigger

La historia de la Unión Patriótica en Colombia es un relato desgarrador que encapsula los conflictos y las tensiones de un país en búsqueda de paz y justicia social, pero que se encuentra constantemente en la encrucijada de la violencia política y los intereses enraizados en la forma como algunos sectores se aferraron al poder. Este movimiento político no fue sólo una agrupación más; representó un momento crucial en la historia colombiana, surgido en un contexto de esperanza que rápidamente se transformó en tragedia.

Emergió en 1984, en un período donde Colombia buscaba frenéticamente soluciones a décadas de conflicto armado como parte de un proceso de negociación entre el gobierno de Belisario Betancur y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), con el ideal de transitar la lucha armada hacia un escenario de confrontación política democrática. Su creación se presentó como una promesa de inclusión para aquellos sectores que históricamente habían sido excluidos del espectro político por la violencia o la marginalización.

El propósito era profundamente transformador: buscaba redefinir el panorama político colombiano permitiendo que las voces de la izquierda y de los sectores populares fueran escuchadas a través de las urnas y no desde la clandestinidad o la lucha armada. Así, se convirtió en el cauce por el cual las ideas de reforma agraria, justicia social y derechos humanos podrían competir en el terreno político. En las elecciones de 1986 logró una participación significativa, obteniendo escaños en el Congreso y varias alcaldías, demostrando así el apoyo popular a sus propuestas y la viabilidad de su proyecto político.

Sin embargo, esta transformación no fue bien recibida por todos los sectores de la sociedad colombiana. Los éxitos electorales fueron seguidos por una violenta reacción de aquellos que veían amenazados sus intereses y privilegios. Los asesinatos de líderes como Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa marcaron el inicio de una sistemática campaña de exterminio perpetrada por paramilitares, narcotraficantes y, en algunos casos, con la complicidad o la omisión del Estado. Este genocidio político no sólo buscaba eliminar físicamente a sus miembros, sino también erradicar la influencia ideológica y política de la izquierda en Colombia.

El implacable asedio llevó a su práctica desaparición como fuerza política a finales de los años 90. Este proceso no sólo silenció temporalmente las voces progresistas en la política colombiana, sino que también sembró el miedo y la desconfianza hacia el sistema político y sus promesas de inclusión y paz. La desintegración dejó un vacío y una serie de preguntas sin responder sobre la posibilidad real de una democracia inclusiva en Colombia.

Décadas después, el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha venido a reconocer la magnitud de las atrocidades. Al declarar al Estado colombiano responsable por las violaciones de derechos humanos hacia más de 6.000 víctimas no sólo busca justicia para los afectados, sino también enviar un mensaje claro sobre la necesidad de proteger los derechos políticos como fundamento de cualquier democracia. Aunque muchos de los cadáveres fueron arrojados a los ríos en el país y su búsqueda va a ser casi imposible; la orden de la Corte de buscar a los desaparecidos y de implementar medidas para evitar la repetición de estos hechos busca cerrar un capítulo doloroso. Por lo anterior, las reacciones encontradas dentro de Colombia muestran que el camino hacia la reconciliación y la paz aún es largo y complejo.

Para concluir, el fallo histórico de la Corte Interamericana debe servir no solo como un acto de justicia, sino también como un momento de reflexión para Colombia. Reconocer los errores del pasado y trabajar incansablemente para evitar su repetición es esencial si se busca construir una sociedad donde la política sea sinónimo de debate, no de muerte. Esta tragedia política ilustra dolorosamente las consecuencias de un Estado que falla en proteger a sus ciudadanos y en garantizar un verdadero espacio democrático.

Columna de Opinión e-mail: tabaresluis@coruniamericana.edu.co