“Aprendí a desarmar la guerra con el silencio”: Hermana Gloria Narváez

La hermana Gloria Cecilia Narváez, manifestó lo duro de su cautiverio y que le dio fortalezas para resistir el maltrato de sus captores. Foto ACI Prensa.

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La religiosa colombiana que estuvo secuestrada durante casi cinco años por un grupo terrorista en África visitó a Santa Marta. En un encuentro íntimo con EL INFORMADOR narró su experiencia de fe, resistencia y esperanza, además dejó un mensaje de reconciliación para el país.

La hermana Gloria Cecilia Narváez, misionera colombiana que en 2017 fue secuestrada por un grupo vinculado a Al Qaeda, en Malí, África Occidental, visitó Santa Marta y compartió en las parroquias San José y La Eucaristía su conmovedor testimonio de cautiverio y liberación.

“La alegría de sentirse libre fue algo indescriptible. Después de tantos años encadenada de pies y manos, reencontrarme con la gente, con mi familia y con mi comunidad, fue lágrimas, fue cantos, fue poesía. Sentí el cariño de tantas personas que habían orado por mí y entendí la fuerza que tiene la oración de intercesión”, expresó conmovida la religiosa en diálogo con EL INFORMADOR.


Narváez permaneció casi cinco años en condiciones inhumanas. Sin embargo, aseguró que la fe fue su motor para no desfallecer:

“Mi principal fortaleza fue Jesús. Yo repetía siempre: ‘¿Quién como tú, Dios mío, que me sostienes?’. Aunque me tenían encadenada, nunca pudieron encadenar mi corazón ni mi espíritu. Contemplar el sol, la luna y las estrellas en medio del desierto me recordaba cada día la presencia de Dios en la Eucaristía”.

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La fe como 
resistencia

El cautiverio significó hambre, calor extremo y constantes maltratos. En medio de esas pruebas, su espiritualidad franciscana se convirtió en un escudo:

“San Francisco de Asís nos enseñó que si te azotan, bendícelos. Y eso hice: aunque me insultaban, me pegaban, me escupían, yo buscaba mirarlos con ojos de misericordia. Nuestra fundadora también nos decía: ‘Callar para que Dios nos defienda’. El silencio se volvió mi arma para desarmar la guerra”.

Hermana Gloria Cecilia Narváez y Luis Guillermo Saumeth, periodista de EL INFORMADOR.

La religiosa asegura que incluso en los peores momentos evitó el odio:

“Ellos me odiaban, pero yo los amaba. Me irrespetaban, pero yo los respetaba. Eran oscuridad, pero yo buscaba la luz. Nunca tuve una palabra de rencor, sino de bendición”.

Momentos después de la liberación de la hermana Gloria Cecilia Narváez, luego de estar 5 años por facciones del grupo terrorista Al Qaeda en Malí, África Occidental. Foto Presidencia de Malí.


La misión en África

Antes de ser secuestrada, la hermana Gloria Cecilia desarrollaba proyectos sociales en Malí. En un país donde el 98 % de la población profesa el Islam, ella y otras religiosas trabajaban en educación y salud.

“Nuestra misión nunca fue convertir a nadie, sino acompañar al pueblo. Caminábamos con ellos, compartíamos sus lágrimas, sus duelos y su dolor. Eso me humanizó profundamente”, explicó.

Entre los programas que lideraba estaba la alfabetización de mujeres, la atención médica a más de 12 mil personas de la etnia Miyanka y un orfanato para niños abandonados.

“La mujer allá era considerada un objeto. Con la alfabetización logramos que muchas recobraran su dignidad y autoestima. También defendimos la vida con un orfanato para niños que eran rechazados por sus familias. Nos convertimos en su familia y ellos en la nuestra”.


La hermana Gloria Cecilia Narváez, dando su testimonio en la parroquia San José de Santa Marta./ Foto cortesia Parroquia San Jose de Santa Marta


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El encuentro con 
el extremismo

El contraste entre la misión humanitaria y el choque con el extremismo fue brutal.

“Ellos nos veían como infieles. Nos repetían: ‘O te conviertes al Islam o mueres degollada’. Ponían metralletas en nuestra cabeza y cavaban los huecos donde supuestamente nos iban a enterrar. Fue una presión psicológica y física constante”, recordó.

Pese a las amenazas, nunca consideró renunciar a su fe:

“Yo era consciente de que un día podía morir si no salía en libertad, pero nunca pensé en negar a Jesús. Siempre decía: Señor, dame la gracia de contemplar un día más este sol, y si mañana me llamas a la eternidad, que se haga tu voluntad”.

Sembrar paz en medio del odio

A lo largo del secuestro, Narváez encontró en la oración un puente para transformar la violencia que la rodeaba:

“Siempre fui sembradora de paz. Aunque me insultaban o maltrataban, yo oraba por ellos. Para mí, callar era desarmar la guerra. Aprendí que el silencio puede ser más fuerte que las palabras, y que una mirada de misericordia puede ser más poderosa que cualquier arma”.

En ese proceso de resistencia espiritual, asegura que experimentó una lección de vida que hoy quiere transmitir:

“El evangelio es persecución y dolor, pero también es alegría. Y esa alegría es anunciar la libertad: no encadenemos a nadie. El respeto por el otro es fundamental. Dios nos ha creado libres y debemos vivir en esa libertad”.



La hermana Gloria Cecilia Narváez, dando su testimonio en la parroquia San José de Santa Marta./ Foto cortesia Parroquia San Jose de Santa Marta

Un mensaje para Colombia 

La visita a Santa Marta no solo fue un reencuentro con la comunidad católica, sino también la oportunidad de enviar un mensaje en medio de la violencia que atraviesa el país.

“Mi invitación es a desarmar nuestro corazón, nuestras palabras y nuestros gestos. Dios nos creó libres, no para encadenar al otro, sino para mirarnos con ojos de misericordia. Oremos más por la unidad del país, invirtamos más en educación y en salud que en armas. Una oración hecha ante Jesús puede salvar a Colombia y al mundo entero de la guerra”, subrayó.

La religiosa insistió en que la verdadera transformación comienza en cada persona:

“Si desarmamos nuestro corazón, podremos construir una convivencia pacífica. Invirtamos en nuestros jóvenes, en la familia, en los valores. La violencia no se combate con más violencia, sino con amor, oración y educación”.

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Gratitud con Santa Marta

Finalmente, Narváez dedicó unas palabras a los samarios que la recibieron con afecto:

“Gracias a Santa Marta por acogerme. Oro por cada habitante de esta ciudad para que el Señor los bendiga. Amemos más a Jesús, a María Santísima y mantengamos viva la oración de intercesión unos por otros. Solo así construiremos la paz verdadera”.

La hermana Gloria Cecilia Narváez, símbolo de resistencia, perdón y esperanza, dejó en Santa Marta un testimonio que trasciende su dolorosa experiencia: un llamado profundo a reconciliarnos como país y a sembrar la paz desde el corazón.

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