Armando Lacera Rúa: una vida entre libros y laboratorios

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Desde sus primeros años en la primaria del colegio: “La Sociedad Unión”, comprendió con una clarividencia precoz que su vocación era la literatura.
Luego en el transcurso del bachillerato lo reafirmó al establecer una escala de valores donde el castellano ocupaba el primer lugar. Su gusto se acentuó aún más por las letras cuando los maestros Chan Jiménez, Rafael Celedòn, “Pepe” Laborde y el padre Martínez, gracias a su aura pedagógica le enseñaron la técnica de leer y escribir y terminaron atrapándolo definitivamente en el mundo de Los libros all momento de concluir la secundaria, en el Liceo Celedón. De aquí en adelante su brújula académica apuntaría indefectiblemente hacia el estudio de la lengua castellana en la universidad. Al final de cuentas esa era su pasión. A estas alturas de su proyecto estudiantil todo iba sobre rieles hasta que la autora de sus días al enterarse de las pretensiones vocacionales de su hijo, puso el grito en el cielo de “Pescaito” y exclamó voz en cuello: “Como escritor te mueres de hambre”.

Esas enfáticas palabras dejaron confundido al bachiller hasta el punto que se le cayó el castillo de naipes que pensaba edificar en la educación superior. Afortunadamente en ese dilema de que disciplina escoger, apareció como todo un orientador profesional su padre: José Rafael Lacera y en un ejercicio retrospectivo lo acompañó a explorar aquellas asignaturas que también le habían llamado la atención en su vida escolar. En ese recorrido aptitudinal, encontraron que la química, le había proporcionado una satisfacción enorme al identificar los pesos atómicos, los símbolos, la tabla periódica, los enlaces, en fin, la habilidad en el laboratorio de química, de tal suerte que padre e hijo comprendieron que este saber estaba en el segundo orden de la pirámide de su vocación.

En ese análisis académico del ayer, se perfiló hacía la química al matricularse en la Universidad Nacional, donde se destacó como uno de los estudiantes más competente en esta disciplina científica y uno de los mejores egresados de esa alma mater. En el desempeño laboral se convirtió en un excelente maestro de la química en el Universidad del Magdalena y se constituyó en un reconocido investigador de las ciencias básicas. Gracias a las orientaciones de sus padres y sus excelsas competencias cognitivas, el laboratorio de la química, le permitió cumplir a cabalidad con su proyecto profesional y existencial, al lado de su adorada familia y seres queridos.

Paralelo al quehacer de su exigente profesión, también sacó tiempo para dedicárselo a la literatura, este oficio que tanto le apasionaba y con esa mágica manera de escribir, recreó a sus incontables lectores de las vivencias inolvidables en “La salina”, “Los cerros de San Marín”,, “La castellana”, “La esquina de piso alto”, entre otros lugares fabulosos del edénico “Pescaíto”, que lo llevaron a escribir lo humano y divino en ensayos como por ejemplo:” Recuerdos propios y ajenos de Santa Marta”, donde enalteció con letras doradas a los protagonistas de “Pescaito”, en todas sus manifestaciones culturales, deportivas y académicas. Recordemos también que escribió más de 40 artículos científicos.

Tuve la feliz ocasión de acompañar a Armando Lacera, al lado del gran amigo “Nacho” Miranda, en el emocionante viaje sobre la historia del Unión Magdalena, en el libro “El fervor de un pueblo”, con motivo de los 50 años del equipo Samario en el 2003. “Una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella”: (José Saramago).” Si escribes sobre tu aldea serás universal” (León Tolstoi) y quien escribe sobre su barrio, es inmortal. Armando Lacera Rúa, vivirá por siempre entre nosotros. Paz en su tumba, a este insigne Maestro.
Columna: Al blanco con blanco e-mail: albertocamiloblanco@gmail.com

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